Páginas

viernes, 20 de julio de 2018

MUJERES ERRANTES, de Pilar Sánchez Vicente



DATOS TÉCNICOS:

 
Título: MUJERES ERRANTES
Autora: Pilar Sánchez Vicente
Editorial: Roca Editorial
ISBN: 978-84-17092-39-9
Páginas: 416
Presentación: Rústica con solapas





El pasado 26 de abril salió a la venta en librerías Mujeres errantes, la sexta novela de Pilar Sánchez Vicente. Sin embargo, no sería hasta el 3 de junio, coincidiendo con la Feria del Libro de Madrid, cuando una representación de #SoyYincanera asistimos a un encuentro con la escritora, organizado por Roca Editorial, y pudimos profundizar en una novela tan impresionante como impactante, por los motivos que fuimos apuntando poco tiempo después en la Lectura Simultánea que organizamos en Twitter y que intentaré resumir ahora.

 


Pilar Sánchez Vicente (Gijón, 1961) es documentalista y escritora. Licenciada en Geografía e Historia, trabaja como jefa del Servicio de Publicaciones, Archivos Administrativos y Documentación del Gobierno del Principado de Asturias. Es presidenta de la Asociación Profesional de Especialistas en Información (APEI). Fue guionista y presentadora de varios programas en TVE-Asturias y el canal Internacional de TVE.

Hasta la fecha ha publicado las siguientes obras:

- Breve Historia de Asturias (Ayalga, 1986).
- Comadres (2001).
- Gontrodo la hija de la luna (2005).
-  La Diosa contra Roma (2008).
- Operación Drácula (2010).
- Luciérnagas en la Memoria (2013).
- El fantásticu viaxe de Selene (2015), junto con Luz Pontón y Alba F.Starczewska. Se trata de un cómic en asturiano e inglés.
- Mujeres errantes (Roca Editorial, 2018).
- La muerte es mía (Roca Editorial, 2020).
- Sangre en la cuenca (Orpheus Ediciones, 2021).
- La hija de las mareas (Roca Editorial, 2021).



Sin miedo. Sin rumbo. Sin freno.


Greta Meier, famosa escritora suiza afincada en Londres, retorna a su tierra natal en un último intento por detener la deriva de sus días. Sorprendida por la inesperada enfermedad de su progenitora, decide compensar sus prolongadas ausencias y aparcar los reiterados enfrentamientos, permaneciendo a su lado hasta el fatal desenlace.

Sin embargo, sus últimas palabras siembran una duda demoledora, dejando entrever en el último suspiro el gran secreto de la vida de Greta: ¿Quién era la mujer muerta, si no es su madre? Con la única compañía de sus cenizas, la autora emprende un viaje al pasado en busca de su propia identidad.

Siguiendo el único hilo disponible, localiza un punto en la costa norte de España y hacía allí se dirige. Pronto atisbará que la vieja rivalidad entre la Tiesa y la Chata, dos pescaderas ambulantes, esconde la clave de su origen, pero las preguntas se acumulan sin respuestas. Y el tiempo se acaba.

¿De quién es hija? ¿Ha sido robada a sus verdaderos padres? ¿Qué conexión tienen Cimavilla y Nicaragua? ¿Esconden el secreto esas cartas amarillentas, nunca contestadas? ¿Por qué le resulta tan familiar Gaspar García Laviana, el cura guerrillero cuyos poemas le atraviesan las entrañas?.

Dejando atrás las turbulencias del pasado, Greta se adentra en un mundo olvidado buscando pistas sobre su origen: ¿dónde están sus verdaderos padres?¿quién es ella, en realidad?

¿Qué hacer cuando los fantasmas del pasado cobran vida?.




Una escritora autodestructiva, una pescadera ambulante y una emigrante sin escrúpulos. Tres mujeres unidas por un hilo común: la huida hacia delante. 

Con tan solo dos frases Roca Editorial nos adelanta lo que vamos a descubrir en Mujeres errantes. Dos frases y tres mujeres. Ahí es nada. Greta, Julia y Eloína, dos de ellas calificadas con el epíteto que mejor las define, la otra por su profesión. Y con un rasco común a todas ellas: esa huída hacia delante, casi desde la cuna, porque las circunstancias de su nacimiento las llevaron a protagonizar un futuro incierto. Pero no será ese rasgo el único que compartan, porque las tres están unidas por un lazo invisible, similar al de la leyenda japonesa que nos habla del hilo rojo del destino que pone en contacto a aquellos que están abocados a cruzarse en la vida más allá del tiempo, del lugar y de las circunstancias.
Pero no quiero adelantar nada por ahora, primero quiero poneros en antecedentes de lo que para mí ha sido una novela impresionante en su sencillez porque utiliza una prosa meticulosa, un estilo impecable y una gran riqueza de vocabulario, donde el humor o el misterio están dosificados en su punto preciso, porque rezuma arte en cada uno de sus capítulos:

Han pasado varios años desde que Greta abandonara el hogar familiar para instalarse en Londres y convertirse en una escritora de éxito. Nunca tuvo una vida fácil a nivel afectivo, porque los enfrentamientos con su madre fueron constantes desde la adolescencia y más desde que se casó con Paul y descubrió que quien se hacía pasar por primo lejano era realmente su padre. ¿O quizás empezaron mucho antes?. Sin embargo, cuando decide volver a Zermatt, lo hace con la intención de saldar una vieja deuda y, de ese modo, enterrar aquella  rivalidad que la llevó a alejarse de la única persona que siempre veló por ella, en todos los sentidos. Sin embargo, lo que no se espera a su vuelta es encontrársela postrada en una cama de hospital y con pocas posibilidades de salir airosa de allí. Eloína Fernández agoniza lentamente, aunque feliz, en cierto modo, porque por fin ha conseguido reencontrarse con Greta cuando menos lo esperaba. Y los días se suceden mientras madre e hija retoman la antigua complicidad, pero el cáncer es pertinaz y decide poner un final a una historia que no acaba más que comenzar para nosotros.


Efectivamente, momentos antes de exhalar su último suspiro, Eloína confiesa a Greta que no es su madre. Y se marcha de este mundo satisfecha, pensando que este último acto obedece a un mandato divino y que así conseguirá el perdón largamente anhelado.  Y como tal decisión no ha sido meditada, ni siquiera repara en el daño que puede ocasionar, dejando a su hasta ahora hija hundida en la miseria, sin capacidad de reacción hasta pasados unos días, en que decide poner su mundo (o el que había heredado) patas arriba, hacer inventario, poner la tienda que durante años había administrado su madre en venta, así como la vivienda y marcharse de nuevo en busca de sus orígenes. Y de su identidad. Porque si algo es Mujeres errantes, es una historia de mujeres que vagan de un lugar a otro, que nunca encuentran acomodo en ningún sitio porque persiguen encontrar su esencia, algo intrínseco a lo que agarrarse para poder sobrevivir.

Y con estos mimbres arranca una novela fascinante como pocas y nos encontramos a Greta conduciendo, camino de Gijón, y como compañera de viaje la urna en la que reposan las cenizas de Eloína. 


LOS PERSONAJES:
Mujeres errantes es un libro de personajes potentes que se enfrentan a situaciones personales complicadas y secretos que han de resolver. Sus relatos son estremecedores y su búsqueda de la propia identidad nos invita a descubrir que cada decisión tomada es un riesgo más en su trayectoria vital. Con estas tres mujeres descubriremos que sus vidas no fueron ni un paseo militar ni un camino de rosas, sino todo lo contrario, en cada decisión tomada hubo dolor, porque su vida estuvo cuajada de humillaciones, imposiciones y, en ocasiones, hasta una violencia difícil de soportar:

- Eloína: Su infancia estuvo marcada por la miseria y por ello, cuando se le presenta la ocasión de emigrar a Suiza junto con su madre y una amiga de ambas, no pierde la ocasión de buscar ese Dorado que su tierra le negó. A los pocos meses de llegar a la tierra prometida conoce a Paul, se queda embarazada y tiene una niña a la que dará esa educación que a ella le faltó. No reparará en esfuerzos para conseguirlo y encontrará en Zermatt el lugar en el que hacer posible aquello que soñó.

- Julia la Chata: Amiga de Eloína y de su madre, viajó con ellas a Suiza en 1963. Trabajaron las tres en la fábrica de Nestlé hasta que tuvo que volver de nuevo a Gijón por motivos familiares. En el camino perdió una hija que a lo largo de los años ha seguido recordando con nostalgia. La Chata es ese tipo de personajes capaces de reunir todos los matices que un lector desea encontrarse en cada novela porque empatizas con ella desde el primer momento y sufres su ausencia cuando finalizas la novela y piensas que ya no estará en tu vida. Trabajadora tenaz desde niña, siempre supo ganarse las habichuelas, bien como pescadera ambulante o regentando un trigre y sirviendo culines de sidra a los parroquianos. Eso no mermó su personalidad, ni siquiera los malos tratos recibidos durante años por parte de su marido, un ser despreciable que nunca supo ver su potencial, ni sus bondades, escondidas tras una pátina de descaro y fortaleza. Aún siendo una nonagenaria en la actualidad, sigue siendo deslenguada, pero sobre todo, divertida y la única persona capaz de conseguir que Greta se acepte y se redima.

- Greta: Es el nexo de unión entre Eloína y La Chata. Desde su infancia su carácter denotó una fuerte personalidad, aunque durante ese período fue feliz viviendo con su madre en Zermatt. A raíz de enterarse que Paul, al que consideraba un tío, es su padre y de la boda de ambos progenitores, Greta comienza una espiral de rebeldía que llevan a la familia a plantearse aceptar las propuestas de la joven, que pasan por irse a estudiar a Inglaterra, después de dejar un elitista internado suizo en el que sufre bulling. Su destino es Inglaterra, donde pretende dedicarse a la literatura. Y, aunque consigue el éxito en ese campo, también se cruza en su camino Hansel, un profesor de universidad del que se enamora y con el que inicia una relación basada en el sexo, las drogas y los excesos, hasta el punto de acabar recluída en una clínica psiquiátrica para superar sus adicciones. Cuando a los cincuenta y dos años descubre que su madre no lo es, su vida sufre un vuelco y en su necesidad de descubrir sus orígenes, emprende un viaje físico y personal hacia Cimadevilla, en Gijón, donde conocerá a la Chata, la única mujer viva que puede darle explicaciones sobre su madre y su ascendencia.

Presentadas las protagonistas a grosso modo, quizás os extrañe ahora por qué os digo que Mujeres errantes es una de las novelas más adictivas que he leído a lo largo de este año, ¿verdad? Pues la razón es muy sencilla. Puede que "la culpa" sea de los personajes, sí, que no son solo estas tres mujeres, sino todo un elenco a cual más atractivo, pero también son sus historias, sus vivencias y un largo etcétera de sensaciones que vais a ir descubriendo.Sin embargo, yo me quedaría por los temas que aborda, porque imposible que se den tantos, con tantísima enjundia y tratados con una exquisita delicadeza. Citaré los más obvios, para no eternizarme ni aburriros:

Por el título, está claro que esta novela abunda en el terreno de la emigración y en particular la femenina:


En el caso de Greta, esta emigración también lleva aparejada la búsqueda de la identidad para poder seguir levantándose cada mañana, en todos los sentidos.

Otros temas serían los malos tratos, que da igual en qué época nos encontramos, parece ser que nunca pasa de moda la maldita lacra. Y es que nos han querido vender que se debían a que la sociedad de hace décadas estaba menos evolucionada, que todo era el producto de esa incultura que aquejaba a nuestra sociedad desde tiempos inmemoriales. Por ello, lo que ocurría cuando la Chata era joven y se casó con un hombre que acumulaba en su mochila toda la perversidad del mundo, era la moneda de cambio más habitual. Sin embargo, también se da en el Londres más cosmopolita e intelectual, entre gente que debería estar a años luz de según qué conductas. Claro que en el caso de Greta, tiene otra connotación añadida: la adicción sin medida a drogas y alcohol, que tanto ella como su pareja exhiben y que casi les lleva a rozar la muerte. 

¿Os parecen pocos ingredientes para una novela? Pues hay más y seréis vosotros quienes tengáis que descubrirlos. Os merecerá la pena.


LOS ESCENARIOS:
 
Hay novelas donde los escenarios se convierten en un personaje más, lugares con alma que tienen vida propia. En Mujeres Errantes se da esta circunstancia y, lo que es más curioso, en distintos enclaves y en distintos planos temporales. Porque es quizás, en virtud a estos escenarios, como descubrimos el modo en que esta narrada esta historia. Será Greta la encargada de situarnos y contárnosla desde su punto de vista; por un lado, será a través de su testimonio como conoceremos a Eloína, quien en 1963 emigró a Suiza junto con su madre y Julia, apodada La Chata. Poco tiempo después nacería ella. Siendo prácticamente una adolescente, con lo que ello conlleva, se fue a vivir a Londres y entrada en los cincuenta, buscando su identidad, viaja hasta Gijón, concretamente a Cimadevilla y a través de los encuentros que mantiene con La Chata, descubrimos la idiosincrasia de este barrio, de sus gentes y su historia, ya que el relato aborda desde los años veinte del siglo pasado hasta la actualidad:

Por un lado tenemos Zermatt, esa pequeña localidad suiza libre de vehículos a motor ubicada a los pies del Matterhorn donde se instaló Eloína para empezar una nueva vida y que hizo sus delicias, porque la sintió como su propio paraíso, el lugar perfecto donde prácticamente se pudo mimetizar con el lujo y el refinamiento que transitaba por sus calles, ya que es una de esas estaciones de esquí de primer nivel, a la que acuden millonarios de todo el mundo buscando en sus paisajes y en el monte Cervino emociones y percepciones imborrables. Lo que siempre había deseado para sí misma. Todo lo contrario a lo que sentiría años después Greta por este mismo enclave, una opresión y un no sentirse de allí que arrastraría durante toda su vida y que la llevaría a convertirse en una mujer errante en busca de su lugar en el mundo.


En contraposición a tanta ostentación estaría Cimadevilla, el barrio de pescadores, pobres de solemnidad, de Gijon que en 1975 fue declarado Bien de Interés Cultural con categoría de Conjunto Histórico. Asentado al borde del Cantábrico disfrutaremos de él a través de los ojos de La Chata. Fue este lugar, precisamente, el punto de partida de las tres mujeres que un día emigraron a Suiza, buscando el sustento que su tierra les negaba. Y lo conoceremos en profundidad; vagaremos por sus calles y callejas, de la calle de la Soledad, donde se alza la capilla de la Virgen preferida por la pescadera ambulante y sede de la Cofradía de Pescadores a la Plaza de la Corrada, sin olvidarnos del puerto o de la rula, combinando la piedra y la madera para entender que es un lugar de contrastes que te cala como pocos. Y, por supuesto, la mar, porque este barrio es un istmo natural, prácticamente una península en miniatura unida solo por uno de sus lados a la ciudad. Rodeado de agua por una mar llena de posibilidades a la que hay que respetar.

También conoceremos a sus gentes, a esas pescaderas ambulantes que como Julia gritaban por las calles la mercancía que llevaban o las artimañas que usaban tanto niños como niñas para ganar una perra gorda; sus costumbres, las penalidades por las que pasaron, como cuando se nos relata como morían de tifus como si fuera lo más natural del mundo. En fin, una realidad complicada de olvidar que, aunque común a muchos otros lugares en aquella época, narrada desde la perspectiva de la Chata suena fresco, suena diferente, porque parece que lleve la verdad como bandera y el modo en que evoca el pasado es conmovedor.


Mujeres errantes también nos llevará a Berlín, aunque serán unos breves escarceos en los que pasearemos por cafés, salas de arte, centros contraculturales, asistiendo a una actividad política incesante. Eran los tiempos previos a la caída del muro, cuando los grafitis alcanzaron su mayoría de edad por lo que eran capaces de transmitir. Después Greta viajará a Londres, donde pasará algunos años, -fue su refugio cuando su madre se casa con Paul, un hombre al que Greta creía un tío lejano pero que tras la confirmación de que era su padre, la confrontación con ambos llega a convertirse en insostenible- de esta ciudad como escenario hay menos descripciones si la comparamos con otros enclaves, ya que los derroteros que toma su vida van por otro camino, aunque Pilar Sánchez, fiel a su estilo, nos acercará la ciudad para que la conozcamos en todos los sentidos. Pasearemos con Greta por esas calles llenas de actividad y monumentos emblemáticos durante el día y esos parques en los que encontraba la paz que ansiaba, en donde se daban cita gentes de todas las razas del mundo y de un colorido impresionante. Es allí donde se convertirá en escritoria de éxito, pero el camino no solo para alcanzarlo, sino para mantenerlo, es bastante farragoso. Será en Londres donde conozca a Hänsel, un alemán de Munich que se instaló en la ciudad siendo un adolescente para convertirse en profesor de universidad. También forma parte de una tertulia literaria denominada Los Cinco Magníficos que una vez al mes se reunía para llevar a cabo unas Justas Literarias que causaban furor en la comunidad estudiantil. Culto, inteligente y atractivo, se enamorará de él hasta las trancas, para mantener una relación tortuosa y destructiva, trufada por las drogas hasta su mayor expresión, porque el profesor tiene una cara oculta que mejor hubiese sido no conocerla.

Sin embargo, hay otro lugar de excepción que hará nuestras delicias y que abre una nueva trama dentro de la novela ¡como si no hubiese suficientes! y a la altura de las otras, o puede que incluso más impactante, más conmovedora. La autora nos trasladará a la isla de Ometepe, en Nicaragua, en la época de Somoza y la guerrilla sandinista de la mano de Guillermo Expósito, el antiguo párroco de Cimadevilla y amigo desde la infancia de La Chata. Cuando el cura decide marcharse a las misiones, allá por los años sesenta, porque siente la necesidad de ayudar a los más necesitados, acaba involucrado en la guerrilla por su amistad con Gaspar Garcia Laviana, el cura guerrillero que murió en el intento de luchar contra las injusticias. Vivió allí durante más de medio siglo, hasta que el alzheimer se ceba con él y su Orden lo trae de regreso a Gijón. Durante todos esos años enviaba una carta por año a La Chata, coincidiendo con las navidades, y esta, que no sabía leer, se las pasó a Greta, que las va volcando en capítulos alternos en la novela y son absolutamente emotivas y dolorosas, porque retratan escenas que te ponen la piel de gallina cuando no te generan alguna que otra náusea por lo que de real se vuelca entre líneas. En ellas, entre otros detalles, nos habla de la vida en aquel territorio, pero entiendo que deberíais acercaros al libro para disfrutarlas como hemos hecho quienes hemos participado en esta Lectura Simultánea.





Mujeres errantes es una novela que toca todos los palos, temas universales como el perdón, la ambición o la amistad se mezclan con la emigración, los malos tratos o las adicciones con indudable destreza, gracias a unos personajes indelebles con los que empatizarás desde el primer momento o hacia los que sentirás una animadversión infinita. Da igual, son tantos los matices que aglutinan cada uno de ellos que, sea del modo que sea, te sorprenderán tanto ellos como sus historias. Historias que se han ido tejiendo con habilidad, cada una por separado pero que cuando llegan a converger te maravilla el fondo y la forma en que se han expuesto, porque la novela está narrada con una naturalidad exquisita y un vocabulario acendrado cuando es preciso y  vulgar si la ocasión lo requiere, -que son las menos de las veces y siempre contextualizando, de modo que resulta espontáneo y llano-, por lo que cuando terminas la novela sientes que esa oleada de sensaciones que has ido reprimiendo a lo largo de la lectura llega a explosionar en tu conciencia para sorprenderte todavía más ante la maravilla de historia que has vivido y solo desearás no haber acabado nunca y que la lectura hubiese sido eterna. Además, aprenderás a embotellar sensaciones, sentimientos o viviendas para que tu viaje existencial sea más llevadero.
¡Imprescindible!

miércoles, 4 de julio de 2018

DONDE FUIMOS INVENCIBLES, de María Oruña





DATOS TÉCNICOS:

Título: DONDE FUIMOS INVENCIBLES
Autora: María Oruña
Editorial: Destino
Colección: Áncora & Delfin
ISBN: 978-84-233-5366-8
Páginas: 416
Presentación: Rústica con solapas



Ha pasado más de un año desde que dejamos a la teniente Valentina Redondo tras la resolución de un caso que puso en vilo a una de las zonas cántabras más conocidas a nivel internacional, porque hubo a quien le dió por asesinar arqueólogos como si no hubiese mañana. Y justo ahora, cuando la temporada estival empieza a declinar, Suances se despierta con un nuevo misterio por resolver. Y si solo fuera eso, un simple misterio, no sería para tanto, pero alguien se está cobrando la vida de alguien -que diría Gila- y aunque todo apunta a que sí, no lleva una sábana encima.

Lo estoy liando mucho, ¿verdad?. Perdonadme, creo que debería empezar por contaros de qué va esta novela, que ya anticipo que me ha gustado mucho más que la anterior y quizás, si me esmero un poco, todo parezca más sencillo.




María Oruña (Vigo, 1976), gallega de padre cántabro, desde pequeña visita con frecuencia Cantabria. Allí ha ambientado Donde fuimos invencibles, así como sus anteriores novelas Un lugar a donde ir (Destino, 2017) y Puerto escondido (Destino, 2015), un exitoso debut en el género negro que ha sido traducido al alemán, el francés y el catalán. En las tres novelas los protagonistas son los paisajes cántabros y el equipo de la teniente Valentina Redondo, que se ha ganado el cariño de miles de lectores. 

María Oruña es abogada y actualmente compagina esta profesión con la escritura.




El verano está terminando y la teniente Valentina Redondo está contando los días para empezar sus vacaciones. Pero algo insólito sucede en un viejo caserón situado en pleno centro neurálgico de Suances: el jardinero del antiguo Palacio del Amo ha aparecido muerto en el césped de esa enigmática propiedad.

El palacio es una de las casonas con más historia de los alrededores, y después de permanecer mucho tiempo deshabitada, el actual dueño y reciente heredero de la misma, Carlos Green, que además es un escritor americano, ha decidido instalarse temporalmente en el lugar donde vivió los mejores veranos de su juventud. Pero la paz que buscaba se verá truncada por el terrible suceso, y aunque todo apunta a una muerte por causas naturales, parece que alguien ha tocado el cadáver, y Carlos confiesa que en los últimos días ha percibido presencias inexplicables a la razón.

A pesar de que Valentina es absolutamente escéptica en torno a lo paranormal, tanto ella como su equipo, e incluso su pareja, Oliver, se verán envueltos en una sucesión de hechos insólitos que les llevarán a investigar lo sucedido de la forma más extravagante y anómala, descubriendo que algunos lugares guardan un sorprendente aliento atemporal y secreto y que todos los personajes tienen algo que contar y ocultar.   



Tengo todavía en la estantería y sin leer Puerto escondido, la primera novela de María Oruña, la que la llevó a convertirse en una estrella literaria en base al número de ventas alcanzado. Y me da un cierto pudor venir a hablar de la tercera de esta serie. No obstante, he de decir que mi "conciencia lectora" está más o menos tranquila toda vez que hace algo más de un año leí la segunda, Un lugar a donde ir, y aunque para mi no fue una novela redonda, dado que algunos aspectos no acabaron de convencerme, me gustó mucho conocer a la teniente Valentina Redondo y su equipo, compuesto por el subteniente Santiago Sabadelle, el sargento Jacobo Riveiro y el cabo Roberto Camargo, sin olvidar a su amiga, la forense Clara Múgica y, lógicamente, a Oliver Gordon, su pareja, que cada vez se hace más imprescindible en este entorno. Por ello, cuando me enteré de la inminente publicación de Donde fuimos invencibles, sentí la misma curiosidad que en las dos ocasiones anteriores. Y para caldear el gusanillo, el título no solo apuntaba maneras, sino que conociendo que la autora los elige a conciencia, porque todos tienen un sentido alusivo y sugerente, me pareció de lo más tentador.


Como os decía, Donde fuimos invencibles es la tercera entrega de una serie que nació con Puerto escondido, allá por 2015. Tiene una protagonista indiscutible: Valentina Redondo, oficial de la Guardia Civil a cargo de la Unidad Orgánica de Policía de Investigación Judicial de Cantabria, con sede en Santander (UOPJ). Una mujer de fuerte personalidad, aunque no exenta de sensibilidad, entrada en la treintena, maniática del orden y con una necesidad innata por controlar tanto su entorno como las circunstancias que la rodean. Si embargo, lo que más la caracteriza es un rasgo físico: tiene los ojos de distinto color, uno verde y otro castaño. Junto a ella trabaja un equipo humano al que también vamos conociendo más y más en cada novela y con el que será fácil familiarizarse. De hecho, son personajes compactos, que se van construyendo a fuego lento: el subteniente Santiago Sabadelle, mi preferido, un bocazas de manual, lenguaraz, que tiene la facultad de contar lo que no debe en el sitio menos oportuno; el sargente Jacobo Riveiro, mano derecha de Valentina, es el típico compañero diligente y trabajador al que confiarías la tarea más engorrosa, porque la realizaría sin despeinarse y el cabo Roberto Camargo, que a pesar de su juventud, no anda exento de carácter. Son un trío peculiar, cada uno con una identidad genuina que seguro que os gustarán en caso de no conocerlos y, si ya lo habéis hecho, seguro que me dais la razón.

Aparte estarían la forense, Clara Múgica, que además es amiga de Redondo y la pareja de la picoleta, Oliver Gordon, un personaje que crece a un ritmo abrumador y que si fuese un regalo, me lo pediría para Reyes, sin necesidad de guardar el ticket de compra porque no lo devolvería jamás.

Y mira que no suelen gustarme las novelas que mezclan lo rosa con lo negro; de hecho, las evito, porque siempre he pensado que son colores que combinan mal en literatura, pero Oliver Gordon, durante la lectura, me provocaba, continuamente, una dicotomía muy particular, ya que por un lado me fascinaba en lo personal y hacía que me parase en la lectura y reflexionara sobre distintos aspectos, en particular sobre ese amor incondicional que siente por Valentina y, por otro, tanto amor me obligaba a controlarme los niveles de azúcar en sangre. Aunque bueno, si he de ser sincera, casi que he disfrutado más con Carlos Green, un personaje que me ha parecido todo un acierto, por el bagaje que arrastra tras de sí. 


Claro que quizás os esté confundiendo porque me estoy yendo por las ramas, dado que, a simple vista, parece que lo que estoy contando poco o nada tiene que ver con la clásica novela policíaca y más bien parece que hablo de una historia romántica. Y nada que ver, ya que esta novela es la muestra palpable del cambio que se está operando en la narrativa actual, donde la pureza de los géneros parece haber pasado a mejor vida. Para que os hagáis una idea, la obra tiene una estructura triangular en cuanto a trama; es decir, en primer lugar, tenemos a Valentina Redondo que vive su particular romance con Oliver Gordon mientras atiende sus obligaciones. Se ha trasladado a Suances y vive con él. De ese modo y poco a poco, a través de Oliver y sus reflexiones, vamos conociendo como avanza la relación. En segundo lugar, tenemos a Carlos Green, un escritor de origen norteamericano que se ha instalado en la residencia familiar para avanzar en el borrador de su novela, El ladrón de olas, en el que nos hace un relato autobiográfico de su vida y en particular de sus años de juventud en Suances, aunque también nos habla de otras épocas y, gracias a esos momentos, conoceremos a sus antepasados. En tercer lugar, asistiremos a las ponencias que sobre fenómenos paranormales está impartiendo el profesor Álvaro Machín en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo y donde también conoceremos a su alumno más aventajado, Christian Valle, experto en fenómenos paranormales. Ambos representan la ambivalencia en torno a este tema que, por otro lado, estará presente desde las primeras páginas de la novela hasta su conclusión.

Y ahora sí, ahora voy a intentar poneros en situación: 

Una vez más nos encontramos en Suances, la bella localidad cántabra a la que hace unos meses se ha trasladado la teniente Redondo para instalarse junto con su novio, Oliver Gordon, en la cabaña adjunta a Villa Marina, la mansión colonial propiedad del inglés que se halla ubicada a los pies de la playa de la Concha, abandonando su apartamento frente a la playa del Camello junto con su soltería. Agosto agoniza y la picoleta cuenta los días para tomarse sus ansiadas vacaciones.


Sin embargo, sus planes penden de un hilo, porque la parca parece haberse empadronado en la tranquila localidad norteña. Resulta que, momentos antes de salir como cada mañana camino de la Comandancia de Peñacastillo en Santander, su superior directo, el capitán Marcos Caruso, la llama por teléfono para que se interese por el fallecimiento del jardinero de la Quinta del Amo, Leo Díaz Pombo, a quien la asistenta ha encontrado muerto en el jardín de la finca. Aparentemente, se trata de una muerte natural, provocada por un infarto de miocardio, ya que el hombre, bastante mayor, sufría desde hacer tiempo problemas coronarios y el capitán, alertado por ciertos detalles que la forense ha encontrado en el cadáver, prefiere que la teniente se cerciore in situ y compruebe que todo es normal.


Es por ello que a Valentina no le queda otro remedio que   hablar de lo sucedido con el propietario del caserón, Carlos Green, un escritor americano que acaba de instalarse allí para terminar un libro donde rememora sus veranos de juventud en Suanzes y, una vez concluído, vender la casa. En dicha conversación Green manifiesta un presentimiento que le corroe, o más bien la certidumbre de que en la vivienda se suceden determinados fenómenos paranormales, -lo cual será corroborado más tarde por algún vecino- y ella, a pesar de sus recelos previos, decide investigar.

En paralelo, Álvaro Machín, profesor titular durante más de dos décadas de Psicología Cognitiva, Social y Organizacional en la Universidad de la Laguna y colaborador en la Facultad de Psicología de Edimburgo, se encuentra impartiendo un seminario en los tradicionales cursos de verano de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, en el Palacio de la Magdalena de Santander. Su ponencia se basa en los estudios neurocognitivos aplicados a aquellos pacientes que atestiguan haber tenido experiencias paranormales y los procesos  mentales desarrollados como consecuencia de las mismas. Obviamente es un escéptico, en evidente confrontación con uno de los alumnos que asisten al curso, Christian Valle, apodado el Cazamantasmas por sus conocidos, quien en un momento determinado será contratado junto con su equipo por Carlos Green para que investigue los fenómenos que están aconteciendo en la Quinta del Almo.


Y con estas premisas, en principio, parece que habemus caso, solo que María Oruña prefiere decantarse por el género del misterio en vez del policíaco y más allá de poner a la teniente Redondo a investigar la muerte que da origen al mismo, que también, se centra más en resolver las apariciones fantasmales. Todo ello aderezado con continuas referencias a otros escritores del género, como Agatha Christie o Henry James o películas de misterio como, por ejemplo, Bitelchús o Rebeca.


Como habéis podido comprobar, los mimbres de la novela invitan a devorarla y no solo porque apetezca, y mucho, ver cómo se defiende Oruña con el misterio, sino porque a su indudable capacidad para sorprendernos con unas tramas más que atractivas, se une su ya consabida habilidad para bucear en las procelosas aguas de la documentación y de esa manera encaminarnos al terreno de lo paranormal del modo más sencillo posible para el lector y ofrecernos dos perspectivas distintas. Si a eso le añadimos un fascinante viaje en el tiempo, mediante el cual la autora nos invita a  trasladarnos y atrapar ese instante que todavía guardamos en algún rincón de la memoria, donde la juventud nos convirtió, por un tiempo, en invencibles, ¿qué más queremos? Pues bien, quiero añadir que María Oruña lo consigue. Vaya si lo consigue. Y nos sentimos de nuevo pletóricos, apasionados, impetuosos y, sobre todo, felices.

Y, por si fuera poco, también nos induce a conocer pequeños retazos de una historia tan real como seductora, que va más allá de lo habitual. No sé si es porque después de más de una década veraneando entre Galicia y Asturias siento una especial predilección por las historias de indianos -en este caso, californios- o porque ya de por sí todas ellas tienen una cierta pátina de romanticismo, el caso es que Oruña convierte en personaje de esta novela a un descendiente de Jaime del Amo -conocido en su tiempo como el español más rico del mundo-, aunque norteamericano de nacimiento, que heredó de su padre el amor por la tierra y eligió Suances primero para vivir y después como última morada y al que su carácter filantrópico le llevó a participar en numerosas causas benéficas. Por ello, será Carlos Green quien haga de soporte para darnos a conocer a su antepasado y a su esposa, una actriz de Hollyvood que dejó su carrera por amor.


Para ir terminando, os diré que es este arsenal de historias, construídas en varios planos temporales y urdidas con envidiable acierto, uno de los puntales de la novela, porque saca a pasear lo mejor de la autora por el modo en que es capaz de fusionar cada una de ellas y hacerlas coincidir tanto en el tiempo como en el espacio.


 

Para resumir, más que explicar el por qué recomiendo esta novela, os hago una pregunta: ¿Renunciaríais a una historia que entre sus ingredientes contase con algunas muertes sospechosas en un vetusto palacete victoriano, habitado por un solitario escritor que sospecha que algún fantasma ha invadido su intimidad y todo ello en un entorno espectacular? A mi, en particular y solo por ello, me causó curiosidad. Si además te digo que la trama se compone de otros mimbres, todos ellos interesantes, imagino que, aunque solo sea un poquito, habré picado la vuestra, ¿no?. Pues os digo una cosa: Si es así, ya estáis tardando para haceros con un ejemplar de Donde fuimos invencibles, porque no os arrepentiréis.