sábado, 24 de abril de 2021

EL BUEN PADRE, de Santiago Díaz

 


DATOS TÉCNICOS:

Título: EL BUEN PADRE

Autor: Santiago Díaz

Editorial: Reservoir Books

Colección: Roja y Negra

ISBN: 978-84- 17910-99-0

Páginas: 416

Presentación: Rústica con solapas



Santiago Díaz Cortés (Madrid, 1971) nació escritor, solo que se ha pasado media vida disimulándolo. A esa manía se debe el que durante un lustro estuviese trabajando en el Departamento de Ficción de Antena 3 Televisión desempeñando el puesto de Delegado de Contenidos para series como "Compañeros", "Un paso adelante", "Aquí no hay quien viva" o "Código Fuego", para luego ocuparse a tiempo completo en la escritura de guiones. Y así, durante más de dos décadas, ha trabajado para diferentes productoras y en un nutrido número de series famosas como "Hermanas", "El pasado es mañana", "Yo soy Bea", "El don de Alba" o "El secreto de Puente Viejo", de la que ha escrito casi 2.000 capítulos, si no los ha superado.

El 24 de mayo de 2018 publicó su primera novela, Talión, traducida a varios idiomas y que está siendo adaptada como serie de televisión. Con ella ganó el Premio Morella Negra 2019 y el Benjamín de Tudela 2019. De ella dije, en su día, que como siguiese manteniendo el mismo nivel en  sucesivas publicaciones, que Dios nos cogiese confesados, algo que he estado a punto de hacer, pero no encontré una iglesia cerca, tras leer El buen padre, así que ahora os voy a hablar de su nueva novela:

Una novela que arranca con una escena de lo más cinematográfica y que, sin embargo, te deja con un poso de amargura, porque lo que relata lo has leído en muchas ocasiones y visto en informativos cientos de veces más, ya que es muy común hoy en día, más de lo que muchos pensamos, más de lo que la mayoría deseamos, dado a veces la ficción, a menudo, solo es un reflejo de una realidad imposible de superar. O eso parece. Una escena en la que unos Zetas irrumpen en un domicilio particular, en una urbanización de clase media tirando a alta y que tras atravesar el dintel (me encanta esta expresión, tan habitual y ciertamente absurda) sin la orden pertinente, ya que han acudido alertados por la denuncia de una vecina que ha escuchado gritos pidiendo auxilio, para encontrarse con el cadáver de una mujer a todas luces asesinada por su marido, que se encuentra en la habitación contigua en estado de shock, ensangrentado de pies a cabeza y con un cuchillo de trinchar a su lado, también manchado de sangre. La víctima se llama Andrea Montero. El hombre es su marido y esta escena, a modo de preámbulo, transcurre un año antes de que dé comienzo la verdadera historia que se relata en El buen padre.

Una historia que, a su vez, comienza con otra escena, tan cinematográfica como la anterior, quizás porque el entorno es mucho más “amable” y popular, lo que implica que haya un montón de curiosos alrededor. En ella nos encontramos con la aparición de un cadáver que ha sido lanzado dentro de una maleta a la que habían añadido unas pesas, al Estanque del Retiro, el grande, sí, el más majestuoso de los construidos en el parque. Fue hallado por un grupo de corredores un domingo a primera hora de la mañana y la encargada del caso es la inspectora Indira Ramos, que rápidamente se persona junto a su equipo. Según las indicaciones del forense, se trata de una mujer de poco más de cuarenta años, que ha muerto a causa de un disparo en la cabeza un par de semanas antes y con los cinco dedos de su mano izquierda rotos.

En las pesquisas posteriores descubren que se trata de Alicia Sánchez Merino, desaparecida doce días antes, según la denuncia que presentó su marido, Miguel Ángel Ricardos, un engominado empresario de cuarenta y ocho años con domicilio en el barrio de Salamanca y oficina en el Paseo de la Castellana. El clásico yuppi de oro que se derrumba al primer interrogatorio y pone sobre la pista a la policía de quien puede ser el responsable de semejante crimen.

Y entonces es cuando empiezo a preguntarme si no me habré confundido de libro, porque lo que he leído en la contraportada no se corresponde con lo que llevo leído hasta ese momento. Y recapacito, claro, porque aunque haya asistido a dos asesinatos sin despeinarme, apenas he leído una treintena de páginas.

Pero no, me estoy adelantando, porque antes de esas escenas, antes de nada, me he encontrado con una de esas citas que suelen acompañar casi todas las novelas y que suelen, también, aludir al contenido que nos vamos a encontrar a continuación. Claro que en este caso, más que aludir, parece que marca el paso de muchos de los personajes que habitan en este libro:

Es el caso de Ramón Fonseca, un anciano de ochenta y cuatro años que lleva uno viviendo en Madrid, ciudad a la que se trasladó desde su Málaga natal cuando detuvieron a su hijo Gonzalo por el asesinato de su mujer. Desde entonces se ha convertido en la sombra de lo que era y se limita, prácticamente, a dejar correr los días mientras alimenta su amargura entre una visita y otra al centro penitenciario donde se halla su hijo cumpliendo una condena de veinte años. Su mujer, Nieves Pons, murió unos meses antes, de infarto, justo en el momento en el que el abogado de Gonzalo les hizo partícipes de que abandonaba su defensa. Así que no es extraño que decida hacer lo que tiene que hacer, sin necesidad de justificarse: secuestrar a las tres personas que influyeron decisivamente en el juicio contra su hijo, a las que ha vigilado desde entonces y sobre las que tiene sus reservas:

- Juan Carlos Solozábal: Se convirtió en el abogado de Gonzalo Fonseca por un compromiso moral, por una necesidad de ayudar a sus padres, a los que había conocido cuatro o cinco años antes en un viaje lúdico a Egipto. Allí trabó amistad con ellos y cuando se presentaron en su despacho buscando su ayuda no pudo negarse. Y, aunque en principio no apostaba por salir airoso por lo incontestables que eran las pruebas en contra, a medida que empezó a investigar empezó a tener serias dudas. El problema vino cuando decidió abandonar la defensa, porque hay cosas que deben hacerse y se hacen. Cuarenta años recién cumplidos. Se encuentra en un búnker de cinco metros cuadrados, sin ventanas y aislado del exterior por unos gruesos muros de hormigón en pleno subsuelo de Madrid, pero la policía no lo sabe.

- Almudena García: la jueza que se hizo cargo del caso. Cincuenta y nueve años. Guarda un secreto que, de saberse, podría acabar con su carrera: es ludópata. Comenzó por casualidad, echando unas monedas a una máquina tragaperras, para continuar con las carreras de caballos, la ruleta o las apuestas deportivas, hasta que descubrió que el póquer era su Valhalla particular y confundió a los organizadores de las timbas con valkirias, a Odín con un crupier y el salón de  Asgard con esas suites en hoteles de cinco estrellas que acostumbraba a frecuentar para tal fin. Y llegaron los problemas, variados, de distinta índole. Y cuando la pusieron entre las cuerdas, comprendió que hay cosas que deben hacerse y se hacen. Ahora se encuentra encerrada en lo que antiguamente fue el despacho de una imprenta abandonada en el polígono industrial de Los Ángeles, en Getafe, solo que la policía no lo sabe. Las paredes están cubiertas de grafitis y la puerta y ventanas selladas con ladrillos y cemento. No sabe por qué, aunque algo intuye, ni dónde ni hasta cuándo.

- Noelia Sampedro: Testigo en el juicio contra Gonzalo Fonseca, donde afirmó haber visto al acusado agrediendo a su mujer en el ascensor de un hotel el mismo día del asesinato. Brillante estudiante de Comunicación Audiovisual de veintidós años, guapa y con aspecto de modelo, lo que le permite ganarse muy bien la vida como scort. Fue precisamente una compañera de clase con un status fuera de lo común quien la introdujo en ese mundillo, con sede en una agencia de la calle Jorge Juan, que le permitió un nivel de vida muy por encima de la media. Sin embargo, pronto descubriría que a veces la vida te plantea dilemas y llega el temido instante de elegir. Por eso, llegado ese momento, entendió que hay cosas de deben hacerse, y se hacen. Está encerrada en lo que parecen las duchas comunitarias de un antiguo hospital situado en Los Molinos, en la sierra de Guadarrama, solo que la puerta de acceso está tapiada con un muro de ladrillos y cemento y la policía no lo sabe.

Tres personas escondidas en tres lugares diferentes que morirán en un plazo de tres semanas, con una distancia en el tiempo de una semana entre cada uno de ellos en el supuesto de que no reabran el caso y tramiten la orden de puesta en libertad de su hijo. Para que el plan se cumpla y funcione como un reloj suizo, se entrega a la policía, exigiendo que sea la inspectora Ramos, en la que confía, quien se encargue de la investigación.

Pero esta cita también se debería aplicar a Indira Ramos, diplomada en Magisterio aunque con una vocación temprana que sorprendió a su familia cuando les comunicó su anhelo de ser policía. En la actualidad tiene treinta y seis años y bellas facciones que ayudan a disimular su mal llevado, aunque incipiente, sobrepreso. De pelo corto, en el que ya se intuyen algunas canas que se niega a esconder por los mismos motivos por los que evita el maquillaje: porque sufre un extraño trastorno obsesivo-compulsivo a raíz de una caída, cuando cinco años atrás perseguía a un criminal, en una fosa séptica. Estuvo a punto de morir por intoxicación y uno de los efectos secundarios que le quedaron fue el de un terror irracional tanto a virus como a bacterias, de ahí que sus manías por el  orden, la limpieza y la higiene se hayan multiplicado a niveles superlativos. Sin embargo, este problema, que nos dará para más de un momento hilarante a pesar de lo serio que es, se queda en agua de borrajas ante otro que afecta al terreno laboral, que no es otro que el rechazo que suscita en su entorno profesional, desencadenado por una acusada integridad que no le permite replegarse ante cualquier falta de ética, hasta el punto de que no dudó en delatar a un compañero por colocar en el momento oportuno una prueba incriminatoria a un delincuente, acusación con la que consiguió que el malhechor siguiese campando a sus anchas y el policía apartado del cuerpo. Porque era algo que debía hacerse y lo hizo.

Con ella trabajan:

- Subinspector Iván Moreno: Aunque cuenta con todos los requisitos para presentarse al examen de ascenso a inspector, las numerosas causas disciplinarias que acumula contra su jefa, a la que desprecia abiertamente, no se lo permiten. La razón es bien sencilla, porque ese policía al que Indira denunció fue Daniel Rubio, el mentor y mejor amigo de Iván, precisamente la persona que le ayudó cuando apenas tenía catorce años y le sacó de la droga. No obstante, la inquina es recíproca; de hecho, la inspectora piensa de él que es un chulo maleducado e inculto, entre otras lindezas, solo que su probado instinto hace que Indira le mantenga en su equipo.  

- Subinspectora María Ortega: Natural de Santander, compartió habitación con la inspectora Ramos durante el periodo de formación en la Academia de Ávila y allí aprendieron a respetarse. Pelirroja natural, llama la atención a su paso.

- Agente Lucía Navarro: acostumbrada a las excentricidades de su jefa. En plena forma física.

- Oficial Óscar Jimeno: Abogado, psicólogo y criminólogo, con un cociente intelectual altísimo y una vocación a prueba de todo, pero torpe y nulo en cuanto a arrestos y audacia.

Por si éramos pocos, aparecen otros tantos personajes más. Lo mejor de cada casa, como los mafiosos Walter Vargas y Salvatore Fusco y algún que otro empresario que telita marinera. Ni qué decir tiene que el elenco carcelario también es como para quitarse el sombrero, ya que solo por conocer a esa fauna merece la pena acercarse a la novela.

Claro que, llegados a este punto, os daré unas pocas pinceladas sobre Gonzalo Fonseca, el protagonista en la sombra y nunca mejor dicho. En la actualidad tiene cuarenta y tres años, un año después de que se cometiera el atroz asesinato que le llevo a la cárcel. Hasta ese día era un ciudadano ejemplar, sin antecedentes, sin una mala multa en su haber. Era director comercial de una marca de electrodomésticos, con un buen sueldo. Estaba casado con Andrea Montero, la víctima, de treinta y siete años, ingeniera y jefa de obra de una constructora, lo que le permitía un sueldo superior incluso al de su marido. Ambos aparentaban ser un matrimonio modelo.

La novela transcurre principalmente en Madrid, excepto una breve escapada a la provincia de Málaga, y Santiago se esmera a la hora de pasearnos por ella y perfilar los diferentes lugares y atmósferas por donde se mueven los personajes. Junto a ellos recorremos los enclaves más emblemáticos, como el Parque del Retiro y en especial el Estanque Grande, la Gran Vía, de camino al Congreso de los Diputados, el Paseo de la Castellana, divisando desde uno de los grandes edificios de la City madrileña todo lo que esa perspectiva puede ofrecernos, que no es poco. Nos aporta datos curiosos y nos invita a conocer sus rincones.

Una historia admirablemente narrada y no exenta de una violencia que se nos muestra sin rodeos, descarnada y tajante, milimetrada en cuanto a dosificación, donde prevalece la solvencia de una investigación meticulosa y con unos personajes de tronío. Una historia que se abre con dos dilemas inquietantes y se cierra con una cita: la primera la formula el propio Ramón Fonseca a un agente cuando acaba de autoinculparse y entregarse a la policía refiriéndose a su hijo, ¿no haría lo que fuera para demostrar su inocencia?. La segunda nos la planteamos nosotros, los lectores, ¿es razonable secuestrar e incluso llegar a matar para reabrir la causa por la que tu hijo ha sido declarado culpable cuando tú crees ciegamente en su inocencia? La cita ya la conocemos, porque hay cosas que deben hacerse y se hacen, pero nunca se habla de ellas. Uno no trata de justificarlas; no pueden ser justificadas. Se hacen, simplemente. Y luego se olvidan.

Santiago Díaz sabe combinar a la perfección la estructura de la novela policíaca clásica con el ritmo endiablado del mejor thriller, que va creciendo conforme avanza la trama, donde brillan los diálogos y destellos de humor inteligente que rozan la ironía las más de las veces, eligiendo para ello la voz de un narrador que apuesta por la parquedad, en un juego narrativo lleno de sorpresas, en el que víctimas y sospechosos van adquiriendo una entidad propia que vamos descubriendo a través de declaraciones, interrogatorios o a medida que avanzan las pesquisas de los policías y reconstruyen los hechos. Poco a poco los personajes van adquiriendo matices nuevos, pues todos están dotados de una gran profundidad.

El autor es un auténtico prestidigitador no solo a la hora de crear una trama bien urdida, sino creando otras tantas a su alrededor que no te dan respiro. Pero si eres capaz de aguantar el tirón, yendo de sorpresa en sorpresa, en un sobresalto tras otro, comprobarás que este fascinante relato está admirablemente cerrado. Si piensas que quedará algún cabo suelto, es que no conoces a Santiago Díaz, porque después de haber leído Talión, sabes que no es de quedarse a medias tintas, así que en El buen padre el autor se viene arriba y vuelve a demostrarnos que si viviese en el siglo XIII, sería un maestro entre aquellos maestros tejedores árabes que inventaron el macramé. Porque él es un artista en esto de hacer arte con los nudos y lo demuestra en cada giro que da la historia, uno tras otro, hasta perder la cuenta.  

Y es que Santiago Díaz, con tan solo dos novelas en su haber, se ha convertido en todo un referente en este mundo de la novela negra y criminal. A la altura de los mejores, empujando con fuerza para situarse en la cima. Palabrita de yincanera, porque hay cosas que deben decirse, y se dicen.


Esta reseña participa en la iniciativa:


 






Apartado: Made in Spain

La acción transcurre en Barcelona o Madrid


20 comentarios:

  1. Jejeje, me ha encantado esa última frase: "Porque hay cosas que deben decirse, y se dicen". Muy bien hilada la reseña.
    ¡Besotes!

    ResponderEliminar
  2. Claro que hay que decirlo, es una novela realmente sorprendente y muy visual con la que hemos disfrutado muchísimo. Hay mucho por descubrir tras sus páginas.
    Besos

    ResponderEliminar
  3. Hola, todas las reseñas que leo de esta novela son estupendas y parece que la habéis disfrutado mucho. Nada, que me la llevo apuntada. Besos.

    ResponderEliminar
  4. Me parece interesante, creo que la tendre en cuenta me gusta este tipo de libros . Te mando un beso

    ResponderEliminar
  5. La tengo anotada. Creo que me va a gustar. Ya te contaré. ;)

    Un beso,

    ResponderEliminar
  6. Estoy contigo: "Hay cosas que deben decirse y se dicen", y tú las has dicho de forma magistral, como siempre. Coincido al 100% con tus apreciaciones. Si no fuera porque he tenido la suerte de disfrutar de la novela en la lectura conjunta, correría a hacerme con ella. Sólo me queda hacerte caso con "Talión". La tengo en mi poder y todavía no sé por qué no la he leído. Tendré que buscarle un hueco, sin duda. A pesar de tener pendiente la primera novela del autor, me han quedado ganas de conocer nuevas aventuras de la inspectora Indira Ramos. Espero que Santiago no nos deje con las ganas.
    Besos.

    ResponderEliminar
  7. Hay cosas que deben hacerse y se hacen, como leer este libro o regalarlo, no hace falta que sea en días especiales como el 23 de abril, si no en cualquier ocasión, ya que no habrá lector que no caiga rendido ante los tejemanejes que Santiago Díaz es capaz de tramar para hacernos leer a toda velocidad y sin pestañear. Un beso.

    ResponderEliminar
  8. Me gusta tu entrada y tu propuesta.
    Gracias
    Saludosbuhos! !

    ResponderEliminar
  9. La compré el Día del Libro y la empezaré esta misma tarde después de haberte leído me han entrado unas ganas tremendas. Saludos.

    ResponderEliminar
  10. Pues sí, se tenía que decir y se ha dicho, aunque no todo el mundo con tantos argumentos. Besos.

    ResponderEliminar
  11. Tu reseña es, como siempre, magnífica, con la dificultad que conlleva el reseñar algo que te ha gustado mucho pues casi siempre resulta muy difícil expresarlo pero tu lo has hecho y lo has dicho. Besos

    ResponderEliminar
  12. Está claro que la novela es genial y que la has disfrutado al igual que yo. Tengo pendiente Talión y desde luego el autor va a estar en mi lista porque me ha gustado tanto y me ha tenido tan enganchada y engañada que no la podré olvidar en tiempo.

    ResponderEliminar
  13. Hola, tengo esta novela en mente desde hace días, no he leído nada del autor pero también tengo pendiente Talión, así que ha sido leerte y tener la necesidad de leer los dos del autor! aix, necesiddes lectoras! besos

    ResponderEliminar
  14. Hola. Menudo pedazo de novela. He disfrutado mucho con su lectura. Me ha tenido atrapada en todo momento. Te felicito por tu maravillosa y completa reseña. Besos.

    ResponderEliminar
  15. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

    ResponderEliminar
  16. Hola!! Estamos de acuerdo si decimos que Santiago se ha salido con esta novela, se nos nota mucho que nos ha encantado. La trama, los personajes, un ritmo desenfrenado que no da respiro, todo pero absolutamente todo, me ha parecido perfecto. Adictiva a más no poder hace que no se pueda se parar de leer y cualquier interrupción cabree. Soy de las que se queda esperando impaciente una próxima entrega. Como siempre ¡ooole reseñón! Un besazo.

    ResponderEliminar
  17. Hola.
    Le tenía echado el ojo a este libro pero tu reseña incrementa las ganas de leerlo, a ver si puede llegarle su momento más pronto que tarde.
    Un saludo y gracias la reseña.

    ResponderEliminar
  18. Hola, a mi el libro me encanto. Sin lugar a dudas el autor no deja puntada sin hilo. Con ganas de leer su continuación

    ResponderEliminar
  19. Creo, como lo creí cuando leí Talion que Santiago ha llegado para quedarse y que aún le quedan muchas historias con las que sorprendernos. Un beso.

    ResponderEliminar
  20. El libro me ha gustado, pero a mi me parece que si hay una puntada sin hilo y es que el autor explique como un anciano de 84 años logra el solo secuestrar a tres personas, trasladarlas y meterlas en los respectivos zulos, tapiar, poner temporizadores para expulsar el gas letal, etc ...

    ResponderEliminar