sábado, 10 de julio de 2021

LA ÚLTIMA PALOMA, de Men Marías

 

DATOS TÉCNICOS:


Título: La última paloma

Autora: Men Marías

Editorial: Planeta

Colección: Autores Españoles e Iberoamericanos

ISBN: 978-84- 08-24230-7

Páginas: 544

Presentación: Tapa dura con sobrecubierta



Men Marías (Granada, 1989), seudónimo con el que firma sus libros Carmen Salinas, se licenció en Derecho para especializarse en el sector mercantil. En la actualidad trabaja como tutora de técnica literaria, novela negra y poesía en su ciudad de nacimiento y anteriormente fue columnista literaria en el periódico Granada Digital. Ha escrito numerosos cuentos, muchos de los cuales han sido premiados en distintos certámenes literarios, tanto nacionales como internacionales. Debutó en la novela hace tres años con Putaka, pescados y mariscos (Traspiés, 2018) galardonada con el Premio de Novela Carmen Martín Gaite 2017 y un accésit en el Premio Torrente Ballester 2017. La última paloma, publicada el 12 de mayo de 2021 es su segunda y hasta ahora su última novela.

 

¿Y qué puedo decir de La última paloma que no se haya dicho ya? Es complicado, por no decir imposible. De hecho, llevo días preguntándomelo y no he encontrado la fórmula adecuada con la que plasmar todas las sensaciones que he ido recabando no solo durante la lectura de esta colosal novela, sino en los días sucesivos en los que he intentado reseñarla, sin éxito. Así que voy a tomar el camino más fácil, intentando comprobar que los “consejos” que la autora da a otros escritores, los ha aplicado en esta novela:



- Con la «h» de humildad:

Dice Men Marías que el escritor debe olvidarse de escribir para sí mismo, porque ha de hacerlo para el lector, para que este se sienta recompensado por el dinero gastado en su obra.

No voy a negar que el consejo es formidable, porque son unas cuantas las ocasiones, por no decir que muchas, en las que nos hemos sentido estafados después de leer un libro, si no lo hemos abandonado antes. Unas veces porque nos venden humo en las contraportadas; otras porque las tramas son infumables y la mayor parte de las veces porque la figura del corrector brilla por su ausencia. O lo parece. En La última paloma, te puedo asegurar que cada euro invertido estará más que amortizado. Es más, si te digo que la novela vale su peso en oro, por todo lo que es capaz de aportarte, no te engaño. Y pesa lo suyo.

Porque tiene una trama espectacular. Bueno, quien dice una, también puede decir media docena…; de hecho, los amantes de las etiquetas, deberían acuñar una nueva para sustituir a las típicas de “novela negra”, “thriller”, etc., que no es otra que la de “novela de tramas”, casi tantas como palomas, si no más, porque el título no es gratuito, a pesar de que la autora, en primera instancia, quiso llamarla de otra manera que no os contaré, pero que si hubieseis estado al tanto de la Lectura Simultánea que hicimos en Twitter desde #SoyYincanera, lo sabríais.

La primera de ellas, sobrecogedora como pocas, transcurre en la actualidad y gira en torno a la resolución de un crimen atroz y la amenaza de que el responsable sea un asesino en serie, con lo que ello implicaría: el de Diana Buffet, una joven de diecinueve años, estudiante de periodismo, cuyo cadáver ha aparecido tendido y con unas enormes alas cosidas a su espalda en la entrada de una casa de veraneo, ahora abandonada, que se halla junto a la verja de la Base Naval de Rota. Esto, en principio, puede sonar baladí, pero no es tal, toda vez que dada su proximidad a la verja, el lugar está vigilado por cámaras y por un helicóptero de vigilancia y, sin embargo, estas no han grabado ningún movimiento en las inmediaciones. Al mando de la investigación estará la sargento de la Guardia Civil Patria Santiago, apoyada en todo momento por el Cabo Mayor Sacha Santos.

Claro que baladí sería la explicación que algunos quieren dar a este crimen, que no es otra que achacárselo al novio de la víctima y dar carpetazo al asunto. También es cierto que el joven tiene todas las papeletas para resultar sospechoso, pero desde que el médico forense obligado a realizar el examen previo in situ del cadáver observa que no es obra de un aficionado, a tenor de lo que se ve a simple vista, a Patria no le cuadra lo que otros tienen tan claro y se percata de que la tragedia, definitivamente, se ha instalado en Rota. Y ella en eso tiene un máster. Y la realidad se materializa cuando la autopsia se hace oficial: Diana ha sufrido todo tipo de horrores siendo consciente de todo. No se trata solo de que la joven haya sido infibulada (para lo cual se requiere cierta destreza), sino de que le han extirpado los senos con un instrumento cortante y tanto los cortes como las suturas practicadas son muy precisas, propio de alguien con conocimientos quirúrgicos y mucho tiempo libre por el tiempo que ha tardado en disponer la escena.

Y por más que se empeña en convencer a su superior que todo apunta a que se encuentran ante un asesino en serie que en cuanto se dé cuenta de que ese crimen no le ha proporcionado el placer que esperaba, volverá a matar, este hace oídos sordos. Y no será el único que no la crea, nadie lo hará. No obstante, dado que la brújula racional de todos parece que ha perdido el norte y ha dejado de ser una herramienta eficaz, habrá que aprender a interpretar los mapas y encontrar las pistas que la ayuden a no perder el rumbo.

 

Esto dará lugar, a su vez, a dos tramas distintas: una, la de la relación sentimental que ambos picoletos mantuvieron dos años atrás -que por parte de él parece que todavía no está resuelta- y otra, que podría considerarse una investigación por sí misma, que trata sobre el inquietante pasado de Patria Santiago.

Y como ya os dije que esta era una novela de tramas, todavía quedan cabos sueltos por desenredar en esta compleja madeja que es La última paloma. Por ello, surge una nueva trama a raíz de la única pista que los investigadores pueden seguir, proporcionada por la propia víctima, que estaba investigando la extraña desaparición de una joven en la década de los cincuenta, poco después de que se construyera la Base Naval de Rota. Y, para rizar el rizo, esporádicamente asistiremos a un escalofriante relato que tiene como protagonista a un niño. 

 

Pero también vale su peso en oro porque los personajes son canelita en rama. Y no es que sean cuatro, ni siete, ni diez. Son cantidad de ellos, hasta el punto en que yo, tan aficionada como soy a hacer amagos de dramatis personae de la mayoría de las novelas que reseño, con esta me he sentido incapaz, para no morir en el intento. Por tantos como son, por el peso que tienen en la historia que se nos narra y por el esmero y la pulcritud con que están descritos cada uno de ellos, hasta el punto de que los crees reales, casi viejos conocidos. Es cierto que el peso de la trama, por razones obvias, recae sobre los dos guardias civiles responsables de la investigación y quienes, a pesar de sus diferencias, parecen formar el binomio perfecto sobre todo porque nos urge, como si nos fuese la vida en ello, resolver ese crimen inicial que nos desquicia, ayudando a ello el modo en que está narrada la novela (en primera persona, cada uno desde su perspectiva para de esa manera hacernos partícipes de cómo sienten y perciben lo que ocurre a su alrededor, de los derroteros, avances y obstáculos a los que se ve sometida la investigación y de sus sentimientos y preocupaciones en el ámbito personal).

Y aunque ese binomio puede resultar perfecto para mantener la intriga por sí mismo, hay un trío que resulta ciertamente elocuente en sus silencios y por el modo en que abordan su propia existencia, cargada de aflicción e incertidumbre: el protagonizado por Inés, Diana y Patria (que repite como pareja de baile), tres mujeres de distintas generaciones con un nexo común: cada una de ellas, a su modo, utilizan el dolor físico como revulsivo para soportar el que provoca la mente, porque este último, imposible de gobernar, es insufrible. Porque La última paloma es una novela inmensa, que trata temas como el desconsuelo, el miedo, el estoicismo, el abuso en todas sus acepciones y un largo etcétera.

Aunque tampoco me quiero olvidar de algunos, como Berta y William Buffett, abuelos de la víctima. Él fue uno de los primeros marines de la Sexta Flota Americana que arribaron en la costa de Rota. Son los dueños de una pizzería, la mejor de la comarca, donde Diana echaba una mano siempre que sus estudios se lo permitían. Junto a ellos se encuentran Elsa y Curtis Black, así como su nieta Maddie. Vinieron a pasar unos días con ellos desde Prescott Valley, Arizona. Tanto Elsa, como Berta son roteñas y Curtis, como William, también era marine y amigos desde que ambos empezaron su carrera militar.

O el teniente Quintana, alias El Viejo, que perdió a su hija Belén, de tan solo seis años, en un accidente de tráfico  como consecuencia de la pérdida del líquido de frenos que sufrió su coche cuando iban camino de Madrid a una exposición canina con su cocker spaniel. La niña murió en el acto, él salió ileso, sin apenas rasguños. Desde entonces, Quintana, que poco después se divorció de su mujer, lleva a Macarrón a todas las que se celebran.

Por no hablar de Olimpia Piernavieja, una mujer instalada en unos tacones de infarto, quizás por una primigenia necesidad de hacerlo en las alturas del poder. Es la alcaldesa de Rota, aunque su prestigio le viene de cuna, ya que su padre fue un médico eminente de fama mundial. La ambición no sabemos de dónde.

Sin embargo, los personajes más emotivos serán dos hermanas: Inés y Piti, a las que conoceremos más en la línea temporal que transcurre a partir de 1953. Y junto a ellas, a sus padres, Pepe el Mayeto, una persona digamos que indescriptible, y Rosario.

 

Y lógicamente, esta novela vale su peso en oro por los escenarios donde transcurre la acción. Un escenario con banda sonora:



-¿Qué van a hacer de tu mar?

¿Qué en tus campos van a hacerte?

-Un camino militar,

Un puerto para la muerte.


En ella, Men Marías nos acerca a Rota, la preciosa localidad gaditana en la que se desarrolla la trama. La conoceremos en dos épocas distintas: la actualidad, que transcurre a lo largo de dieciséis días (del 2 al 18 de mayo de 1019, aunque al final asistiremos a un epílogo que transcurre dos meses después) y seis décadas antes, concretamente a partir de 1953, cuando descubrimos a una Inés niña, a sus padres y hermana y, a su vez, a una ciudad que da un giro de ciento ocho grados cuando la Base Naval, construida a tenor de los Pactos de Madrid (Acuerdos de Amistad Hispano-Norteamericanos firmados en abril de ese mismo año) se materializa tres años después con la llegada de los primeros marines de la Sexta Flota de los Estados Unidos.

Y la impresión nos dejará perplejos, más allá del oficio de la autora por describirnos estos lugares, me gustaría destacar el modo en que contextualiza el momento histórico, recogido la mayoría de las veces de anécdotas que le han ido contando a la autora muchos de los roteños a los que ha podido entrevistar para acercarnos una realidad prácticamente desconocida para la gran mayoría y, en particular, esa extraña convivencia hispano-norteamericana que, aparentemente, dotaba a la localidad de cierta pátina de cosmopolitismo, pero que realmente distaba mucho de lo que nos pretendían hacer ver. Si acaso, la parte más “benévola” del asunto radicó en la economía de la zona, hasta entonces paupérrima (sin diferir gran cosa con la del resto del país), pero que con el trasiego de marines con las billeteras llenas, más el trabajo adicional que se generó en la zona, primero con la construcción de la Base Naval y después con los puestos de trabajo que se crearon, creció exponencialmente.

- Con la «h» de honestidad:

Dice Men Marías que lo que escribes no deja de ser un borrador y que el escritor tiene que seguir puliéndolo, hasta que sienta que lo escrito es justo y le ha hecho daño.

Yo no tengo dudas en que esto ha ocurrido con La última paloma porque, si algo he tenido claro como lectora es que el proceso escritural de esta novela ha debido ser arduo y ese deleite intelectual de escribir trasciende al lector, teniendo en cuenta que la trama es fascinante y sin fisuras, que los personajes son una delicia en su construcción y el escenario una metáfora en sí mismo, porque nunca la Costa de la Luz se nos ofreció de una forma tan oscura y sombría.

Y ese pulimento también es obvio en el estilo de la novela, complejo e innovador en muchos sentidos, con un lenguaje sencillo y a la vez depurado, elaborado cuidadosamente, porque todas las palabras tienen su razón de ser y de estar, están deliciosamente elegidas tanto cuando se persigue una situación intensa como otra distendida, porque la prosa, armónica y precisa, parece actuar como ese mar que baña la costa gaditana, trasladando olas de placentera belleza al lector.

Destaca, sobre todo, la narración coral en primera persona. Sacha y Patria se irán turnando para relatarnos los acontecimientos que se desarrollan en la actualidad, pero cuando nos trasladamos al pasado, tomarán el relevo otros. Entenderemos entonces que la sombra del pasado es alargada, pero también la mejor herramienta para descubrir la propia identidad y dar verosimilitud al presente.

Y mientras, disfrutarás de una novela sublime que cuando llega al desenlace te cogerá prácticamente levitando. Palabrita de yincanera.



Esta reseña participa en la iniciativa:


 






Apartado: Made in Spain

La acción transcurre en un ambiente rural

 


martes, 22 de junio de 2021

PASTORES DEL MAL, de Félix García Hernán



DATOS TÉCNICOS:

Título: PASTORES DEL MAL

Autor: Félix García Hernán

Editorial: Alrevés

ISBN: 978-84-17847-61-6

Páginas: 390

Presentación: Rústica con solapas



Félix García Hernán (Madrid, 1955), cursó Derecho en la Universidad Nacional de Educación a Distancia. Sin embargo, ha dedicado su vida a su auténtica vocación: la hostelería. Partiendo desde muy abajo, ha llegado a dirigir los establecimientos más emblemáticos de Madrid, como el Hotel Villa Real, el Urban y el Only You. Ha formado parte del Consejo de Administración de la asociación Small Luxury Hotels of the World y es miembro de la Junta Directiva y censor de cuentas de la Asociación Empresarial Hotelera de Madrid.

Pastores del mal es su quinta novela y la segunda que publica con la Editorial Alrevés. La anterior, Cava dos fosas (2020), obtuvo el premio Estandarte.com al autor revelación del año y fue  finalista en el premio Negra y mortal a la mejor novela negra en español, por ser considerada como «uno de esos libros donde la mano del autor hace que sea muy fácil de leer, pero difícil de olvidar», si bien es cierto que todo esto después de haber recibido una encendida acogida por parte de público y crítica.

Y dentro de ese público entregado a la novela, nos encontrábamos nosotros, los integrantes de la iniciativa #SoyYincanera, que caímos rendidos ante su narrativa, su estilo y su trama y devoramos la novela como si no hubiese un mañana. Nos enamoramos de sus protagonistas y lamentamos la baja de algunos, porque todos los personajes, incluso los indeseables, eran inmensos. Por ello, en cuanto supimos que había continuación de la novela, contamos los días para tener la siguiente entre nuestras manos, para volver a disfrutar de ellos y con ellos y con la prosa de Félix García Hernán, que se convirtió en un escritor de referencia para nosotros.

Y lo primero que conocimos, antes de tener físicamente el libro, fue su título, tan evocador o más que el de la anterior que, curiosamente, aludía a la célebre frase de Confucio: “Antes de comenzar un viaje de venganza, cava dos fosas”.  Pues bien, si fuerte me pareció el primero en su día por sus connotaciones con la trama, este segundo me provocó cierto estremecimiento, porque teniendo en cuenta que el término “pastor” suele apuntar claramente a un concepto religioso que aparece en  muchas citas bíblicas, la figura del Buen Pastor (en el Antiguo Testamento como advocación aplicada a Dios y en el Nuevo Testamento a Jesucristo), el que el título mencionase justo lo contrario; es decir, Pastores del mal, no hacía presagiar nada bueno. Algo más que obvio que se corrobora tras leer las primeras páginas del libro, en las que te describen una escena aterradora que deja patente la deriva a la que nos vamos a enfrentar. Y te viene a la cabeza aquello de que cuando dejamos que los lobos sean los pastores, la tragedia es inapelable. Y si las ovejas son niños, estamos hablando de los crímenes más abyectos que se pueda uno imaginar.

Sin embargo, cuando tuve el libro entre mis manos por primera vez, antes de empezar a leerlo, sentí cierta zozobra, pues no tenía muy claro si el autor habría sido capaz, no ya de  superar –eso ni me lo planteé-, sino de estar a la altura de lo narrado en Cava dos fosas. Me venía a la mente aquel famoso aforismo de Schiller: «No existe la casualidad, y lo que se nos presenta como azar surge de las fuentes más profundas», porque claro, podía entender perfectamente que su primera novela con Alrevés hubiese sido su obra cumbre, una novela largamente meditada, hilada con mimo, el resultado de mucho tiempo de trabajo y dedicación ideando una historia sublime. De hecho, no sería la primera vez, ni la última, que un autor triunfase con su opera prima y luego fuese incapaz de mantener el nivel con las sucesivas. Y por ello me hice a la idea, para curarme en salud, de que no se iba a dar la casualidad de que esta novela fuese tan buena como la otra. Y, de ese modo, comencé a leer. Y nada más pasar unas pocas páginas, comencé a fibrilar, algo que no dejé de hacer hasta poco tiempo después de concluir su lectura.

Efectivamente, como os he dicho, desde que empecé a leer las primeras páginas de Pastores del mal, comencé a fibrilar emocionalmente. Una tormenta de inquietudes se desató en mi cerebro, repercutiendo en otros órganos cuando las fibras musculares empezaron a contraerse, llegando al paroxismo.

Podría contaros que la razón fue la primera escena con la que comienza la novela y en la que descubrimos al padre Damián Isún. Un personaje que se nos presenta como si estuviese viviendo una auténtica pesadilla sin saber que esta iba a producirse pocas horas después. Cuando llega a su casa, en estado febril y con un aspecto deplorable, intenta cenar, pero no puede, tiene los nervios desatados por la abominable situación que lleva viviendo desde hace dos meses como consecuencia de unas pesquisas que ha estado realizando y que le han llevado no solo al desaliento más categórico, sino a cuestionarse su propia fe. El caso es que a la mañana siguiente, cuando se despierta, descubre en su cama el cadáver desnudo de Oriol Recasens, uno de sus alumnos, acompañado de unas fotos de ambos en actitud cariñosa y un rosario propiedad del cura alrededor del cuello. Su estupor no tiene límites, porque lo que ello implica deja a la escena de la cabeza de caballo de El padrino, de Mario Puzo, en un juicio de faltas en comparación con esta.

Pero no, esa no fue la razón de mi fibrilación emocional, sino solo el detonante.

 

Podría contaros, también, que la razón fue el reencontrarme con tres viejos conocidos, por no llamar amigos, porque suena muy pretencioso. Tres personajes que prácticamente me enamoraron en Cava dos fosas y de los que deseaba volver a tener noticias: Javier Gallardo, Raúl Olaya y mosén Estanis. Unos personajes que, si todavía no conocéis y os declaráis amantes de la novela negra, es que sois unos inconscientes o algo peor, porque debería estar tipificado como delito ignorarlos de esa manera.

El primero, Javier Gallardo, de cincuenta y cinco años, que renunció a su trabajo como comisario principal del Cuerpo Nacional de Policía meses atrás, ahora dedica su tiempo a escribir una novela en la que plasmar la amarga experiencia que le supuso el ser víctima, por triplicado, de un secuestro: el propio, el de su hijo y el de su compañero y amigo. El segundo, Raúl Olaya, es inspector jefe del Cuerpo Nacional de Policía. Es minucioso y tenaz, virtudes que parece haber heredado de su maestro, aunque posee unas cuantas más que serán vitales en esta historia. Además es leal por definición. El tercero, mosén Estanis, que sigue siendo el sacerdote de las ocho iglesias románicas de la Vall de Boí. Fue decisivo meses atrás en la resolución del secuestro de Gallardo, por eso no tiene ningún reparo en pedirles ayuda cuando su mentor y amigo, el padre Damián Isún se ve envuelto en asesinato sobrecogedor.

Pero no, esa no fue la razón de mi fibrilación emocional, porque a esta lista habría que añadir muchos otros personajes, taimados, maquiavélicos, perversos, de todo tipo y condición, de esos que si hubiese una escala Richter de la maldad, la reventarían, porque están tan bien perfilados, es tan nítida su encarnación que son capaces de llevarte al encono y la aversión más absoluta.

 

Podría contaros, igualmente, que la razón podría estribar en que desde que leí Cava dos fosas, me cautivo el estilo de Félix García Hernán y ya supe de antemano que tenía que leer esta novela. Su prosa os cautivará, porque es directa, adictiva, sin dobleces ni grandilocuencia, pero, sobre todo, os atrapará por su pulso vertiginoso mientras os pasea de Madrid, a Barcelona, pasando por Valencia o Calatañazor, París o Roma, para acabar cruzando el charco y arribando en Nueva York o Wisconsin, sin salir de casa y sin PCR previo.

Pero no, esa no fue la razón de mi fibrilación emocional, porque ya conocía de antemano el talento narrativo del autor.

 

Podría contaros, entonces, que la razón radica en su trama, perfectamente urdida y que tiene su razón de ser en el título del libro, porque mejor elegido, imposible. Porque Pastores del mal trata sobre uno de los crímenes más abyectos que se pueden cometer: la pederastia. Pero no se queda ahí. A lo largo de sus casi cuatrocientas páginas vamos a ser testigos de cómo la corrupción institucional campa a sus anchas y en nombre de semejante aberración se crea una organización mercantil internacional que a modo de holding controla el negocio desde Nueva York. La dirige su obispo: John Dawkins, uno de los miembros más reputados de la Iglesia. La “delegación” española no es más que un simple tentáculo, pero las pesquisas del padre Damián Isún pueden hacer tambalearse el imperio si no se toman medidas de excepción. Y se toman, claro.

Cuando el padre Isún relata a los policías el devenir de su investigación, estos toman conciencia de que tienen que mantenerse al margen de la investigación oficial para poder ayudarle, pues hay demasiada gente influyente y poderosa implicada en la organización. El sacerdote deberá entregarse a las autoridades y dejar que la maquinaria judicial siga su curso mientras ellos trabajan en la sombra. Será un sindiós, pero merece la pena, os lo aseguro.

Pero no, esa no fue la razón de mi fibrilación emocional, porque Félix García Hernán es un experto a la hora de exponer la denuncia social y hacerlo ameno sacándote de quicio a la vez por lo tremendo de las situaciones que narra, sin necesidad de recurrir al morbo ni recreándose con escenas sórdidas.

Así que, habiendo sopesado todos los escenarios posibles, os voy a contar qué es lo que me hizo fibrilar emocionalmente:

Solo llevaba leídas unas pocas páginas. El padre Isún salía huyendo de su casa dejando el cadáver de Oriol Recasens sobre la cama para pedir ayuda a su amigo y discípulo mosén Estanis. La situación era crítica, estaba claro, porque todo apuntaba a que Isún tenía pocas posibilidades de salir bien parado. Estanis decide, entonces, llamar a Javier Gallardo y Raúl Olaya, a quienes había conocido como consecuencia del secuestro del primero y quienes, en su día, le ofrecieron su ayuda en caso de que un día se encontrase en apuros. Estaba claro que el día había llegado.

Y cuando se encuentran y analizan la situación, comprenden que esa ayuda solo pasa por actuar desde la sombra. Gallardo ya no es policía, ha abandonado el cuerpo hace meses y aunque Olaya sigue en él, ambos saben, mejor que nadie, que a lo que se enfrentan está muy por encima de sus posibilidades. Y eso que todavía no saben hasta que niveles.

Y eso lo percibes tú como lector y, al menos yo, me preguntaba, ¿qué necesidad tiene el autor de complicarse tanto la vida? Podría haber escrito una novela sublime sin haberse limitado tanto, sin ponerse a sí mismo palos en las ruedas. Simplemente, con que hubiese buscado alguna argucia como que el caso pudiese haber recaído en Olaya y que este hubiese podido contar con la colaboración externa del ex comisarío habría servido, porque hubiese contado con toda la maquinaria y medios que la Policía Nacional le habría proporcionado y, sin embargo, ha cogido el camino más difícil. Y me iba agobiando a medida que la investigación se desarrollaba, a medida que las trabas eran mayores y no parecía haber solución de continuidad. Por otro lado, el tema que trata la novela es tan sórdido, tan horrible, que la necesidad de que las pesquisas prosperasen era vital, porque por mucha advertencia de que todo esto es producto de la imaginación del autor, tú sabes que es más real que todas las cosas, porque este tipo de casos son más comunes incluso de lo que pensamos.

Y entonces dejas de fibrilar, porque Félix García Hernán no solo consigue sus propósitos, sino que te deja con una sensación de que incluso el crimen más horrendo, como es el de la pederastia, puede tener respuesta porque siempre habrá hombres como Gallardo y Olaya dispuestos no solo a restablecer el orden, sino a renovar la ilusión rota rehabilitando la apariencia que unos bárbaros, supuestos defensores de la moral, habían destruido simplemente para saciar sus bajos instintos. Y lo hace con oficio, con mucho oficio. Palabrita de yincanera.

  

Esta reseña participa en la iniciativa:







Apartado: Todo es posible en América

La corrupción es el tema dominante.


lunes, 14 de junio de 2021

NENÚFARES NEGROS, de Michel Bussi


DATOS TÉCNICOS:

Título: NENÚFARES NEGROS

Título original: Nymphéas noirs

Autor: Michel Bussi

Traductora: Ana Romeral

Editorial: HarperCollins

Colección: Noir

ISBN: 978-84-9139-614-7

Páginas: 400

Presentación: Rústica con solapas


 

Michel Bussi (1965) es politólogo y profesor de geografía en la Universidad de Rouen. Su primera novela, Nenúfares negros, se convirtió en la novela negra francesa más vendida en su país en 2011 (en España ha sido publicada en mayo de este mismo año), y obtuvo los premios Prix du Polar Méditerranéen, Prix Polar Michel Lebrun de la 25e Heure du Livre du Mans, Prix des Lecteurs du Festival Polar de Cognac, Grand Prix Gustave Flaubert y el Prix Goutte de Sang d’Encre de Vienne. Un avión sin ella, su segunda novela, ha sido galardonada con el Prix de la Presse 2012. También ha publicado en español No lo olvides jamás y Mamá no dice la verdad.

 

Resulta curioso, como poco, una vez visto el palmarés literario de Michel Bussi, pensar que una novela como la que hoy quiero reseñar, se haya publicado en nuestro país once años después de haberlo sido en el suyo propio once años antes, sobre todo cuando viene avalada por cinco premios a cual más prestigioso. No lo entiendo, os lo aseguro… y mucho menos después de haberla leído. Una novela que ya solo por el título llama la atención de cualquiera, pero que si el añades el subtítulo, ¿Qué se oculta en Giverny, el pueblo de Monet? Te remata. Y, por si fuera poco, con una portada de esas que te desarman.

Entonces, ¡ay de ti! como se te ocurra darle la vuelta al libro y leer la contraportada, porque, como seas un poco aficionado a la novela de misterio, policíaca o criminal, caerás rendido, porque es un reclamo perfecto. Para que te hagas una idea, este es un extracto de la sinopsis:

Esta es una historia de trece días que empieza con un asesinato y termina con otro. Jérôme Morval, un hombre cuya pasión por el arte solo es superada por su pasión por las mujeres, ha aparecido muerto en el arroyo que corre por los jardines. En su bolsillo encuentran una postal de los Nenúfares de Monet con las siguientes palabras escritas:

«Once años, ¡felicidades!».

Y entonces ya solo te queda empezar a leer. Y no parar de hacerlo, sin tregua, sin descanso, hasta llegar a uno de los desenlaces más memorables e intensos que hayas leído en mucho tiempo. En serio, porque ya en la primera página la trama te enganchará, sin indulgencia. Porque, ¿Quién dijo aquello de que si un libro no te seduce en las treinta primeras páginas mejor dejarlo pasar e intentarlo con otro? No lo sé, pero no es un dilema que te vayas a plantear con este, ya que no es que te seduzca en la primera página, sino que lo hace nada más acabar la segunda frase. Y no podrás soltarlo.

El relato se inicia con la presentación de tres mujeres que no se parecen en nada, excepto que comparten el mismo lugar de nacimiento y residencia –Giverny- y un secreto que las une: la necesidad imperiosa de marcharse lejos del pueblo al que consideran una jaula con barrotes de oro, por distintos motivos, aunque con un denominador común: la pintura, pues, mientras que una posee un cuadro precioso, otra es una gran aficionada al arte y los artistas, mientras que la tercera tiene un talento especial con los pinceles:

- La primera es mala y discreta. Tiene ochenta y cuatro años, es viuda y viste siempre de negro. Vive en el Chemin du Roy, en el Moulin des Chennevieres, a orillas del Epte.

- La segunda es mentirosa y muy hermosa. Tiene treinta y seis años y está casada. Vive en un apartamento abuhardillado encima de la escuela donde ejerce como maestra en la Rue Blanche-Hoschedé-Monet.

- La tercera es egoísta, a pesar de tener apenas once años. Vive con su madre en una casa muy humilde en la Rue Château-d’Eau.

Y una vez hechas estas presentaciones, que al autor le llevan prácticamente dos páginas, arranca una historia que durará trece días, aunque quizás, para explicarlo mejor, deba hablarte de la estructura de esta novela, que podría entenderse como una singular galería pictórica:

 



- Primer cuadro: Impresiones.

80 capítulos que abarcan los trece días en los que se desarrolla la trama y prácticamente la totalidad de ella.

Comienza el día 13 de mayo de 2010 cuando, a las seis de la mañana, la primera de las mujeres de las que os he hablado antes descubre, mientras pasea, el cadáver de Jérôme Morval cerca de su casa. Tiene un corte profundo en la parte alta de la cabeza, que se encuentra sumergida en el arroyo del Epte, y otro en el corazón. Prosigue su camino, de vuelta a casa, pues sabe que, más temprano que tarde, algún turista de los miles que visitan a diario la casa y los jardines de Monet lo encontrará y avisará a la policía. Y, efectivamente, pasan unos pocos cuando se personan en el lugar el inspector Laurenç Sérénac junto a tres compañeros de la comisaría de Vernon en la que prestan servicio. Mientras el agente Louvel intenta mantener a raya a los mirones que en poco tiempo parecen haberse reproducido como setas en otoño, otro agente especialista de la Científica, Ludovic Maury, está buscando y señalizando las huellas que encuentran al lado del cadáver y sacando moldes de escayola de las mismas, mientras que el inspector Sylvio Bénavides ya está camino al pueblo para intentar recabar información sobre la víctima. Enseguida constatan que se trata de un prohombre de la ciudad, un reputado cirujano oftalmólogo con consulta en el distrito XVI de París y con residencia en una de las mejores casas de Giverny, en la Rue Claude-Monet.

Obviamente, asistiremos a una investigación más o menos formal, prácticamente hasta un falso desenlace. Y digo más o menos porque, en esta novela, el impresionismo cobra vida propia y emana tanto en el fondo como en las formas, así como en su puesta en escena y todo ello aderezado con una sensación de angustia increíble, de peligro inminente en cada página que pasas, con la certeza de que te encontrarás con lo peor en la siguiente. Ayuda a ello la narración en primera persona por parte de la primera mujer, que parece mimitizarse con el entorno y que lo sabe todo, porque todo lo ve.

 

- Segundo cuadro: Exposición

Desde el capítulo 81 al 85, apenas cincuenta páginas. Comienza el 25 de mayo de 2010, decimotercer día desde que comienza la trama, en una escena distinta con la que abandonamos la primera parte para terminar al día siguiente. Es el momento de hacer balance, de atar cabos, de recapitular, pero también de asistir asombrados a un desenlace que no imaginarías ni en sueños.

Porque solo cuando llegamos a esta parte, somos conscientes de que hemos estado metidos dentro de un cuadro impresionista en el prevalece el momento sobre la perseverancia en un instante único e irrepetible que apenas dura trece días, donde la caducidad del tiempo es decisiva y concluyente y en el que destacan sus formas imprecisas, ciertamente ambiguas, como si la idiosincrasia de los personajes, la naturaleza fortuita de la acción en la que la investigación del asesinato se lleva a puerta cerrada y una estructura desprovista aparentemente de andamiaje,  conviven en admirable concierto.

Y ya solo te queda admirar un relato fascinante por la facilidad con la que el autor ha conseguido despertar tus emociones con un desenlace final totalmente inesperado.

Por una trama absolutamente original, en la que el amor a la pintura y la admiración a Monet es incuestionable, así como por el modo en que ha sabido recrear el ambiente de Giverny y el ingenio demostrado en la manera en que, indirectamente, los personajes se involucran con la obra del genio.

 

Esta reseña participa en la iniciativa:








Apartado: Ocurrió en Europa

Una novela de un escritor/a francés o que la acción transcurra en Francia.


domingo, 6 de junio de 2021

INCLUSO LA MUERTE MIENTE, de Julio César Cano

 


DATOS TÉCNICOS:

Título: INCLUSO LA MUERTE MIENTE

Autor: Julio César Cano

Editorial: Maeva

Colección: Maeva Noir

ISBN: 978-84-18184-40-6

Páginas: 408

Presentación: Rústica con solapas



De Julio César Cano (Capellades, Barcelona, 1965) a nivel profesional puede decirse que es un hombre polifacético. Comenzó su andadura laboral en un negocio familiar, que acabó dejando por la llamada de la música: primero como intérprete y después como mánager. De ahí paso al mundo de la publicidad, ocupación que compagina con la literatura. Aparte de su labor como escritor de ensayos y artículos de viajes y gastronomía, si por algo es conocido es por sus novelas policíacas protagonizadas por el inspector Monfort del que hasta la fecha ha publicado cinco: Asesinato en la plaza de la Farola, Mañana, si Dios y el diablo quieren, Ojalá estuvieras aquí, Flores muertas y la última, de la que hoy quiero hablaros, Incluso la muerte miente.

Porque cada vez que Julio César Cano publica una novela, el lector sabe que además de enfrentarse a una historia adictiva en cuanto a trama, está a punto de realizar una escapada fascinante a una ciudad y un entorno ciertamente tranquilo, aparentemente, a juzgar por las historias con las que después nos encontramos. Esta ciudad no es otra que Castellón y te aseguro, como me ocurrió a mí, que desearás conocer con empeño esos rincones por los que transita Monfort para investigar sus crímenes.

Tanto es así que hace poco más de un año aproveché que se celebraba una nueva edición de Castelló Negre para disfrutar de la experiencia invitada por mi socia de locuras y amiga, Carmina. Fue poco antes de que se decretara el estado de alarma y que la pandemia del coronavirus cambiara nuestras vidas. Curiosamente, una de las actividades, de las muchas que se desarrollaron en este festival, llamó poderosamente mi atención y no fue otra que la de la Ruta Gastronómica del inspector Monfort. Así que la hicimos y, aunque no llegamos a visitar los quince restaurantes que frecuenta habitualmente el policía por falta de tiempo, sí paramos en algunos de ellos y comimos los mismos platos que se citan en su obra.

Pero vayamos por partes, porque como os decía antes, todas las novelas de Julio César Cano tienen una trama adictiva y potente y esta no iba a ser menos, además de otros muchos adjetivos que me guardo para más adelante.


Esta afirmación, extraída de la propia novela, es casi una declaración de intenciones que nos hará reflexionar más allá de lo leído y el motivo destacado con el que se inicia la sinopsis que nos brinda la editorial, claro que no tiene nada que envidiar a esta otra con la que se concluye y que resume perfectamente lo que podemos extraer de su lectura:


Claro que esa perturbadora confesión del pirómano del que nos hablan en la sinopsis es solo la punta de un iceberg candente en una novela donde la intriga te devora párrafo a párrafo con la fuerza de un ciclón, quizás porque te atrae y te devora como esos trenes de alta velocidad, denominados succionantes, de los que cuenta una leyenda urbana que si te encuentras parado en un andén al paso de uno de ellos, el desplazamiento alrededor del convoy ocasiona una succión que te arrojará a las vías, siendo lo más probable que esto ocurra cuando el vehículo haya pasado… aunque no siempre, porque todavía puede ser peor. Y el relato del pirómano es succionante ya que, desde el primer momento, te va contando sus escarceos ígneos, del primero al último a medida que se suceden los capítulos, con una frialdad pasmosa, descubriéndonos el placer que es capaz de sentir ante semejantes barbaridades cuando, además, es capaz de provocar la muerte de alguien. Y te hace sentir pequeño y vulnerable, pues te vapulea en lo más hondo.

Y esa intriga se acentúa en los primeros capítulos, a medida que se nos van presentando los distintos escenarios donde transcurre la trama porque esconden mucho más de lo que muestran. De hecho, en este sentido quiero hacer un inciso, ya que basta con fijarse en cualquiera de las portadas de las cinco entregas que hasta la fecha ha publicado Julio César Cano, teniendo como protagonista al inspector Monfort, para darse cuenta que los escenarios tienen una importancia superlativa en su obra. Es más, pocos como él han hecho tanto por Castellón y su provincia, hasta el punto de que debería estar subvencionado por la Consejería de Turismo de la Comunidad Valenciana. Como poco. 

Y es que no solo es que el autor se limite a destacar de esa manera un enclave emblemático de la ciudad que siempre guarda estrecha relación con la trama. En esta ocasión, se trata de la fachada neoclásica del Teatro Principal, en la que se puede observar a los grandes dramaturgos de la historia, que fue inaugurado a finales del siglo XIX y está situado en la Plaza de Paz, el punto neurálgico de la ciudad y donde a su vez se encuentra el quiosco de estilo modernista valenciano reconvertido en la actualidad en bar. Pero, además, el autor nos descubre los rincones más representativos de la ciudad mientras nos habla de su gastronomía y algunas de las tradiciones más ancestrales que se renuevan periódicamente en su entorno.

Del mismo modo, nos invita a trasladarnos a Les Useres, un pueblecito del interior de la provincia de Castellón donde anualmente, el último viernes de cada mes de abril, una comitiva de trece hombres, en clara alusión a Jesucristo y sus apóstoles, inician una peregrinación, descalzos y en absoluto silencio, hasta un santuario situado a treinta y cinco kilómetros, ante la atenta mirada de un individuo ciertamente inquietante por su actitud.

O cuando conocemos a los otros tres protagonistas de esta historia, prácticamente similar y salvando las distancias y el correr de los siglos, a la que se relata en la Leyenda de las Torres, en la que dos alarifes mudéjares, Omar y Abdalá, se enamoraron de la misma mujer, Zoraida. Para resolver el entuerto, el padre de la joven les propuso que levantasen cada uno una torre y el primero que la terminase, se desposaría con su hija. Ambos aceptaron el trato, aunque el cómo se resolvió no os lo voy a contar. En este caso, se trata también de dos chicos que se enamoran de la misma  chica. Los tres son amigos desde la infancia, ya que se conocieron en el colegio. Consolidaron su amistad a golpe de escarnio, cuando la palabra bullying no se conjugaba en las clases de inglés y, con el paso del tiempo los chicos, pasaron a convertirse en rivales. Después tomaron distintos derroteros y cada uno siguió su camino, hasta la actualidad, en que han vuelto a reencontrarse y aquel viejo sentimiento ha vuelto a aflorar, se ha mantenido inapelable, a pesar del tiempo transcurrido. Solo que en esta ocasión será ella la que decida el modo en que se decantará por uno de ellos.

- Ana Más: En la actualidad ejerce como tanatoesteticista o “maquilladora de muertos”, como ella misma se define. Trabaja en el tanatorio La Verdad, desde hace algo más de un año con contrato fijo, después de haber pasado una larga temporada dedicada a los estudios y prácticas maratonianas en distintos locales donde se ofrecen este tipo de servicios funerarios. Está encantada y feliz, pues le gusta su trabajo y se lleva estupendamente con Román, su compañero, un hombre educado y afectuoso, al que le queda poco para jubilarse, pero con el que se entiende a las mil maravillas a pesar de la diferencia de edad. Es una chica guapa, de figura espléndida, melena larga de color castaño y ojos verdes. Es hija única, aunque nació de milagros pues sus padres ya eran muy mayores cuando vino al mundo. Su padre era dueño de un próspero negocio, pero cuando le llegó la jubilación no supo adaptarse a ella. Poco después murió, atropellado por un autobús y aquel día, en el velatorio, ella descubrió su vocación, al ver el estado en el que había quedado su progenitor. Su madre, sin embargo, volvió a la vida.

- Rubén Vidal: Convertido en rentista tras la muerte de su padre, propietario de una cadena de carnicerías que posteriormente traspasó y le reporta pingües beneficios. Su madre vive en una residencia, pues tiene problemas de movilidad. Gordo desde la infancia, se convirtió en la diana a la iban a parar los dardos de sus compañeros de escuela, ya que desde entonces come compulsivamente, de ahí sus problemas de obesidad y sus complejos, claro que este es el menor de sus vicios. Tiene la cabeza redonda y enorme, así como las piernas, el trasero o los brazos, aunque era y es muy ágil.

- Álex Escribano: Desde niño destacó como un brillante estudiante y cuando llegó a la universidad recibió una cuantiosa beca que le permitió terminar la carrera en una universidad acorde con su excelencia académica. El lugar elegido por sus padres fue la universidad de Santiago de Compostela,  donde ha cursado hasta tres carreras, pero a él nunca le pidieron opinión y aborrece la ciudad por su clima, ya que es asmático, y la lluvia le sienta fatal. Sin embargo, una serie de hechos le han obligado a precipitar su vuelta a Castellón, que ha camuflado como una necesidad contumaz por dedicarse al teatro y crear su propia compañía para así dedicarse a su verdadera vocación. Es muy delgado y enclenque, con la cara chupada, los ojos hundidos, la nariz aguileña y la mandíbula prominente. Su carácter es introvertido y peca de tímido, pero también es un mentiroso patológico.

En contraposición con estos personajes aparecen otros que ayudan a templar el clima, como son Irene, la abuela de la que fue esposa de Monfort, una adorable anciana que vive a orillas del mar, en la costa de Irta, muy cerca de Peñíscola y que pasa sus días entretenida recogiendo del mar aquellos utensilios que la marea devuelve, para después reciclarlos o alimentando a las gaviotas, rodeada de libros. O la jueza Elvira Figueroa, pareja a tiempo parcial del inspector, con residencia en Teruel en una casa con vistas a la iglesia de El Salvador. Y una banda sonora impresionante, que podéis escucharla tanto en YouTube como en Spotify.

Para llegar al culmen cuando tras el incendio de una discoteca de pequeñas dimensiones, situada en una callejuela colindante con la avenida Hermanos Bou, en el centro de la ciudad, descubren el cadáver de un hombre. Enseguida se percatan de que el incendio ha sido provocado, posiblemente para enmascarar el asesinato y eliminar pruebas, porque el local, además, cumple con todos los requisitos en cuestión de normativa contra incendios y seguridad.

 

Es a partir de ese momento cuando entra en escena el inspector Monfort y su equipo:

- Inspector Bartolomé Monfort Tena: Viudo y entrado en los cincuenta, es natural de Barcelona, aunque procede de una familia oriunda de Villafranca del Cid, pequeña localidad del interior de la provincia de Castellón. Cuando enviudó de Violeta Fortuny, como consecuencia de un accidente provocado por unos conductores suicidas, abandonó su trabajo en el negocio familiar y se formó como agente de policía, ascendiendo rápidamente a inspector gracias a su notable instinto a la hora de resolver los casos que se le presentan. Mide casi dos metros de estatura y luce ojeras y aspecto desaliñado las más de las veces. Melómano, experto en vinos y curtido gastrónomo, también es un fumador empedernido fiel a su viejo Volvo 740 ranchera. A priori es irónico y arisco, también taciturno y sofisticado, quizás como consecuencia de su remarcable inclinación a la misantropía. Cuando se encuentra en Castellón, reside en el Hotel Mindoro, en el centro de la capital.

- Comisario Arturo Romerales: Casado. Es el responsable máximo de la comisaría de la Ronda de la Magdalena de la Policía Nacional de Castellón y amigo personal del inspector Monfort, a quien recurre cada vez que se topa con un caso complicado.

- Subinspectora Silvia Redó: Soltera, delgada, rubia, de ojos castaños, su padre y hermano también fueron policías y fueron asesinados en un atentado, lo que marcó su vida. Excelente agente de campo y mejor redactora de informes.

- Agente Robert Calleja: Incorporado recientemente en la comisaría de Castellón, procedente de Sanlúcar de Barrameda (Cádiz), lugar donde nació. Su carácter resolutivo y su alta cualificación  en la Policía Científica lo convierte en un experto capaz de resolver importantes situaciones de difícil solución. Está soltero y es muy testarudo, aunque cuando comienza la novela tiene novio.

- Agentes Terreros y García: Ambos profesionales son admirables en cuanto a implicación a la hora de resolver los casos que se les plantean por su entrega y complicidad.

- Pablo Morata: Forense de Medicina Legal, es toda una eminencia. Su sagacidad es más que evidente y su sentido del humor un soplo de aire fresco vital con el que abordar un trabajo indudablemente aciago.

 

Enseguida descubren que la víctima se llama Fernando Nebot, desempleado, casado y con un hijo de tres años. Murió, entre las cinco y siete de la mañana, como consecuencia de una herida certera en el cuello realizada con un arma blanca que le perforó la arteria carótida. Las llamas del incendio ni le rozaron.

Las pesquisas les llevan, primero, a indagar acerca de los propietarios del negocio: Manuel Meirás y Aurora Vilas, e incluso sobre el abogado que los representa, Isidro Gasch, o el encargado, Alfonso Chía, ya que la discoteca no solo era un local donde escuchar música o tomar copas, sino algo más oscuro y ninguno parece trigo limpio.

Pero, como os decía, esto solo son los prolegómenos de una historia que dará mucho más de sí, de una madeja enmarañada en la que tirar del hilo se hace casi misión imposible, porque encontrar pistas es harto complicado. Y sin embargo están ahí, aunque te pasan inadvertidas por lo duro que el relato se presenta a veces, en particular cuando el pirómano toma la palabra y lo complicado que resulta las más de ellas.

Un relato con un estilo claro y sencillo, fácil de leer tanto por el modo en que el autor es capaz mezclar los mejores combustibles para que la llama prenda en el lector, las emociones y el suspense, como por la forma en que está estructurada la novela, en capítulos cortos y breves que te obligan a seguir leyendo, hasta devorarla. Y, lógicamente, por la presencia de Monfort, por su carisma y esa forma de actuar tan suya que cuando se pone el traje ignífugo huye de las deflagraciones espontáneas porque prefiere la combustión lenta, para así controlar las situaciones a su conveniencia y brindarnos una exquisita investigación junto a una auténtica brigada antiincendios que es en lo que se ha convertido su equipo en el que todos suman, en el que no sobra nadie porque cada uno tiene una particularidad que le hace especial.


Esta reseña participa en la iniciativa:








Apartado: Made in Spain

La acción transcurre en cualquier ciudad española, excepto Barcelona o Madrid.

#SeguiremosBailando