martes, 16 de noviembre de 2021

LA HIJA DE LAS MAREAS, de Pilar Sánchez Vicente

 




DATOS TÉCNICOS:

Título: LA HIJA DE LAS MAREAS

Autora: Pilar Sánchez Vicente

Editorial: Roca Editorial

ISBN: 978-84-18557-28-6

Páginas: 410

Presentación: Rústica con solapas




Pilar Sánchez Vicente (Gijón, 1961) es historiadora, documentalista y escritora, aunque también ha sido guionistas y presentadora en varios programas de TVE-Asturias y del canal Internacional de TVE.  Licenciada en Geografía e Historia, en la actualidad trabaja como archivera del Tribunal Superior de Justicia de Asturias. Es presidenta de la Asociación Profesional de Especialistas en Información (APEI). Entre sus novelas destacan: La diosa contra Roma (Roca Editorial, 2008), Mujeres errantes (Roca Editorial 2018), La muerte es mía (Roca Editorial, 2020) y Sangre en la cuenca (Orpheus, 2021). La hija de las mareas (Roca Editorial, 2021), es su última criatura, publicada el pasado 21 de octubre.

Podría decir que La hija de las mareas comienza con un prefacio espléndido, porque lo es. Una introducción en la que se nos describen dos escenas distintas, a cual más seductora, que sobre el papel apenas superan las dos páginas cada una. Ambas transcurren en Gijón y entre ellas median cinco siglos: la primera transcurre en septiembre de 1395 cuando las huestes de Enrique III tienen sitiada la villa y a la condesa Isabel de Viseu no le queda más remedio que rendirse y abandonar, con nocturnidad y sin alevosía, su feudo por mar, al amparo de las llamas. La acompañan un escaso retén de leales caballeros, los pocos que han quedado tras el asedio, por lo que tiene que abandonar el tesoro familiar, que no cabe en la pequeña embarcación que usarán para tal fin, mientras su marido se encuentra en territorio galo, buscando una ayuda que no llega. La segunda escena nos remite a octubre de 1835 cuando a una aguadora de Gijón se le secó el pozo con el que se ganaba la vida, motivo por el cual pidió ayuda a un carretero vecino suyo para que le arreglase el entuerto. Y la suerte –o la fortuna- quiso ponerse del lado del tipo que en su cometido encontró un importante hallazgo, del que no dijo nada a la mujer, junto a un manuscrito, que tampoco. Poco tiempo después, ese documento llegó a terceras personas y descubrieron que se trataba de las Memorias de Andrea Carballo de Jovellanos, firmadas y rubricadas en 1820.

Pero no es así.

O, quizás, podría decir que La hija de las mareas comienza con un extracto del Cuaderno de Quejas que las Damas por la Libertad presentaron en la Asamblea Nacional, en 1789 en París, un documento verídico, escrito en uno de los momentos más tensos de la historia francesa, que sobrecoge visto desde la perspectiva que nos da la actualidad, porque refleja las inquietudes que estas mujeres mostraban ante la desigualdad de género y que, en general, son una enorme fuente de estudio para entender la situación social en la Francia de 1789. Sus proposiciones, vistas con los ojos de la contemporaneidad, parecen fútiles porque reflejan hasta qué punto la mujer era poco menos que un objeto, con todas las capacidades anuladas en aquella época y, sin embargo, sus principios nos hacen deudoras de los avances acaecidos desde entonces, que no son pocos.

Pero tampoco es así, aunque también.

Para mi gusto, la novela comienza con la dedicatoria, pues es toda una declaración de intenciones que, junto al prefacio mencionado, forma una combinación exquisita del espíritu de esta historia, porque parece compendiar lo primordial de lo que nos vamos a encontrar.



Porque La hija de las mareas es una novela de mujeres que no se arredraron ante lo que les tocó vivir. Un libro que destila resiliencia y sororidad. Porque Pilar Sánchez Vicente rinde un emotivo y preciosista (no tanto por usar un lenguaje refinado, sino porque busca lo sublime y el modo de ponerlo en evidencia) homenaje a esas mujeres que han hecho de su condición su afán; de ese anonimato que nos iguala a todas, el espejo donde otras debemos mirarnos; de su grandeza, nuestros anhelos; de su memoria, que no debemos dejar en el olvido, un compromiso por todo lo que hemos conseguido gracias a su empeño y su lucha.

Por eso, ya en el prefacio aparece la figura de Isabel de Viseu, en uno de los momentos más aciagos de su vida, cuando debe rendir su condado (Gijón) al rey castellano y comprendemos que la novela, aunque sea de forma puntual, parece que empieza a levantar las alfombras y sacar a la luz a algunas mujeres que, a lo largo de la historia, han tenido un papel más que relevante en muchas circunstancias y en todos los ámbitos.

Y será la segunda escena de ese prefacio la que aglutinará el grueso de la obra. En ella se nos describe cómo un viejo manuscrito, redactado en 1820, ha podido llegar a nuestras manos. Se trata de las Memorias de Andrea Carbayo de Jovellanos, la hija de las mareas.

A través de ella conoceremos la historia de varias generaciones de mujeres excepcionales, carismáticas e indómitas de origen bárbaro y ascendencia celta, que podrían remontarse incluso a los normandos, de ahí que todas ellas naciesen pelirrojas y con pecas. Del mismo modo, todas llevaban en primer lugar el apellido Carbayo, asociado al santuario donde fue bautizada una antepasada vikinga –Santuario de la Virgen del Carbayu-, que heredaban por vía matrilineal Aunque la historia arranca con Carola (la abuela de la protagonista), cuando da a luz a Gloria, el mismo día en que  pierde a su marido en la mar, intentando cobrarse una ballena, hemos de remontarnos a mucho antes para entender el estigma que las perseguiría de por vida.

De ese modo conoceremos a su tatarabuela, una sanadora que se dedicaba a curar enfermos desahuciados hasta que el médico de la villa la denunció al ver que sus clientes mermaban. Ello la obligó a trasladarse con su hija y su nieta a Veranes, una localidad perteneciente al mismo concejo. Allí su fama fue en aumento y los enfermos de otras localidades acudían a ella buscando la mayor parte de las veces un milagro. Hasta que el primogénito de los Valdés enfermó de fiebres y los esfuerzos del galeno de turno no fueron suficientes. Entonces hizo llamar a la curandera y, aunque esta lo sanó, el muchacho murió una semana después, posiblemente por una complicación.

No le faltó tiempo a Valdés para clamar venganza y la llevó a cabo acusándola de brujería. No dudó el noble en amañar todo tipo de pruebas o testigos falsos para llevarla a prisión, como así ocurrió. Claro que la cosa no quedó ahí, puesto que fue condenada por el Tribunal del Santo Oficio a la hoguera y su hija y nieta fueron confinadas en la cárcel de Oviedo. La hija, después de muchas torturas, acabó perdiendo el juicio y, a su muerte, la niña fue puesta en libertad a los doce años.

Esa niña era Carola y su único objetivo en ese momento era llegar a Gijón a pie, para embarcarse como polizón en un barco rumbo al Nuevo Mundo, lugar del que escuchó maravillas estando en la cárcel. Pero ese viaje nunca llegó a realizarse, porque Carola conoció a Andrés y juntos descubrieron que para la ternura siempre hay tiempo, hasta que una ballena lo truncó todo, claro. Él era pescador, uno de los últimos balleneros en un Gijón que por aquellos tiempos era considerado la cuna de estos cetáceos; ella siguió dedicándose a curar a los enfermos, porque más que un oficio heredado por vía materna, era una vocación. Incluso habilitaron en su casa una boquitiquina, aislada de miradas indiscretas, porque si algo había aprendido Carola es que tenía que andarse con pies de plomo después de todo lo acontecido en el pasado. Y luego estaban los Valdés, obvio, que para eso eran una estirpe y se reproducían como las setas, eso sí, todos tenían en común su afición a las venganzas y un rencor innato hacia las Carbayo, conocidas ya como “las Encantadoras” y, en ese sentido, eran como los tontos cuando cogen una vereda, que aunque esta se acabe, ellos siguen.

La viudedad llevó a Carola a tener que buscarse el sustento de otro modo, motivo por el cual empezó a trabajar para los Jovellanos como ama de cría. Y así pasaron los años, encantados porque era una familia liberal, con fama de dadivosos, hasta que Miguel, el primogénito, crece y se enamora de Gloria, a la que siempre trataron en la casa como una igual. Cuando los padres se enteran, porque el muchacho quiere casarse con ella, inmediatamente las despiden, aunque con una gratificación. Y a ese despido siguió el suicidio del joven. Y otra vez los Valdés vieron una oportunidad única para lapidarlas vía Inquisición, que para eso ellos eran de misa diaria, aunque don Benito, el boticario, las alertó y pudieron escapar rumbo a Las Caldas, un manantial de aguas termales que gozaban de mucha fama contra algunas enfermedades y donde pululaban los curanderos, aunque también abundaba mucho canalla. Y, aunque tuvieron momentos más o menos delicados, porque la vida de las Carbayo nunca fue un camino de rosas, llegó un momento valle en su devenir. Conocieron entonces a Bertrand, un médico cirujano francés, amante de la literatura, que pasó por allí haciendo el Camino de Santiago. A su vuelta, les propuso que se fueran con él a Oviedo para trabajar en una consulta que pretendía abrir. Ellas aceptaron, encantadas. Más tarde se casaría con Carola.

Una vez que el consultorio empezó a tener fama y consiguió una clientela distinguida, entre la que destacaban caballeros de alta alcurnia,  organizaron una tertulia los jueves a la que acudían estos junto a viajeros de paso que siempre traían noticias frescas. Una tarde, por casualidad, Gloria se encontró con Gaspar de Jovellanos, hermano de Miguel, y le invitó a acudir a una de ellas, así que el joven empezó a frecuentarlas. Poco después, le invitarían a la romería de Colloto y, a la luz de la luna, engendraron a Andrea. Aunque, como podéis imaginar, el noble siguió a sus latines, pues era seminarista y la joven a sus afanes, claro que, su nueva situación, la llevó a convertirse, con tan solo veinte años, en lo mismo que años atrás fue su madre: ama de cría. Corría el año 1760.

 

Como os podéis imaginar, solo he contado los orígenes, a grandes rasgos, de Andrea Carballo de Jovellanos, la protagonista de esta historia, porque quería poneros en antecedentes del germen de esta historia, quizás porque conociendo el legado existencial y afectivo de sus predecesoras, entenderemos mejor su trayectoria vital y porque, francamente, La hija de las mareas es una novela vibrante, intensa, única.

Con ella vamos a disfrutar, sufrir, angustiarnos, transigir, entretenernos, meditar, elucubrar… y un largo etcétera de infinitivos que podría conjugar hasta el agotamiento, porque son muchos los temas que trata la novela, muchas las vicisitudes que viviremos, bien asistiendo a momentos históricos fascinantes o conociendo a través de su mirada las ciudades en las que transcurre la acción.

De ese modo rememoraremos su infancia en Oviedo y, a través de sus detalladas descripciones, Pilar Sánchez Vícente nos paseará por sus estrechas calles y populosas plazas, como la de la Catedral, en pleno casco antiguo, para tomar la calle de la Rúa. Notaremos incluso las estrías de sus nobles edificios, las grietas de sus muros y, desde allí, divisaremos la calle Cimadevilla, donde vivían nuestras protagonistas, para acercarnos a la Plaza Mayor o la del Sol y acudir al mercado, que tenía su centro neurálgico allí y se extendía por las calles adyacentes. Eso, claro está, si no se tercia acercarse al Fontán, Foncalada o Santo Domingo, que entonces eran los barrios periféricos de la urbe y donde se asentaban los campesinos. Impresiona el modo en que se pormenoriza cualquier detalle, la realidad con la que se plasma el ambiente, apelando a todos nuestros sentidos y utilizando un lenguaje preciso para que nos podamos crear una imagen nítida de la ciudad.

También asistiremos a las tertulias en casa de los abuelos y tomaremos el pulso al pensamiento de la época. Algunos párrafos son impagables, ya sea tocando temas sobre la sociedad en general o el sentido de las clases sociales, la educación o el papel de las mujeres.

De Gijón, ¡qué deciros! Se nos presenta una ciudad en pleno esplendor y destaca, sobre todo, el conjunto histórico de Cimadevilla, el barrio más emblemático y más antiguo de la ciudad y al que se accede siguiendo el muro de la Playa de San Lorenzo. Se halla en lo alto del cerro de Santa Catalina, rodeado de acantilados y donde el murmullo del mar suena casi como una letanía. La mayoría declarados Monumento Histórico Artístico. Palacios que te dejan sin aliento, como el de Revillagigedo o el de los Valdés. Apreciaremos sus fachadas, casi siempre flanqueadas por dos torres almenadas, de planta cuadrada y pórtico central, de estilo barroco. También el lujo que albergaba sus interiores en contraste con las toscas casuchas de los marineros. Y el puerto, una ensenada que fue habilitada para el comercio libre con América y que gracias a las iniciativas ilustradas promovidas por Jovellanos se convirtió en uno de los más importantes del Cantábrico dada su posición hegemónica. En él recalaban todo tipo de mercancías, pero también libros prohibidos.

Después seguiría París, porque tras la muerte de la abuela Carola, la nostalgia llevará a Bertrand a cerrar la consulta y volver a su ciudad natal. Andrea, que se ha criado con ellos en vez de con su madre, le acompañará. Entonces la trama da un giro espectacular. Con ella viviremos la Revolución Francesa, pues se implicará en cuerpo y alma en la lucha por los derechos de las mujeres. Fundará un periódico (y no será el único), trabajará a las órdenes de Olympe de Gouges y ambas escribirán, entre otras, una obra de teatro y se unirá a las Damas por la Libertad. En definitiva, un torbellino de acontecimientos de los que seremos testigos de excepción y que no se acabarán en la ciudad de la luz, porque Andrea volverá a España, huyendo de la guillotina, mientras la historia, en estos lares, también nada en un torrente de aguas turbulentas.

Para concluir y para no resultar pesada, solo puedo añadir que, como decía George Orwell, la historia la escriben los vencedores. Y todos sabíamos que llevaba razón. Claro que se le olvidó apostillar que, en todos los casos, esos mismos vencedores eran hombres y que muchos de ellos se ocuparon, especialmente, de borrar los logros de muchas mujeres, heroínas en un mundo injusto que no conocía la palabra igualdad. Ni otras muchas. Claro que, como diría Luis Pastor, “están cambiando los tiempos” y este siempre pone las cosas en su sitio y da voz a los vencidos. Aunque para ello siempre sea necesario que existan mujeres como Pilar Sánchez Vicente, capaz de hacer justicia con muchas de las que nos han precedido, aquellas que se adelantaron a su tiempo, que lucharon exponiendo sus vidas por un mundo más justo, para que la igualdad y la libertad fuesen algo más que una entelequia.

Y no hay ejemplo mejor que La hija de las mareas, una novela exquisitamente narrada en la que el trabajo de documentación ha sido ímprobo, está clarísimo; pero que no se te estomaga porque el modo en que se plasma y transmite resulta de lo más natural. Por eso no es hasta que cierras el libro y te tomas un respiro por todo lo vivido y sentido cuando te das cuenta que has aprendido más historia con Pilar Sánchez Vicente que lo que hiciste en el instituto, porque si algo tiene la literatura –y vuelvo a poner de ejemplo este libro- es que te hace cuestionártelo todo y te obliga a documentarte por tu cuenta. Porque no es la obligación (estudios) sino el interés (el que despierta la lectura) lo que te estimula y obliga a indagar en lo que se nos narra para aclarar muchas lagunas, por no decir océanos de desinformación, y aprehender, para siempre, algunos períodos fascinantes de la historia.

También quiero destacar un detalle que me ha parecido fundamental: a lo largo de la novela veréis que las poblaciones de Oviedo, Gijón o Aviles, están escritas así: Obiedo, Gixón y Abilés. Tiene su explicación, aunque me consta que no extrañará a muchos…


Así que ya sabéis, no seáis inconscientes y leed La hija de las mareas. Y luego venís y me lo contáis. Y recordad, además, que se acercan las navidades, que es tiempo de regalos y ¿hay alguno mejor que un libro? Yo creo que no y que si regaláis este, en particular, acertaréis.



 

miércoles, 27 de octubre de 2021

LA ILUSTRÍSIMA, de Marta Prieto


DATOS TÉCNICOS:

Título: LA ILUSTRÍSIMA

Autora: Marta Prieto

Editorial: Alrevés

ISBN: 978-84-17847-78-4

Páginas: 332

Presentación: Rústica con solapas



Como editora con zapatos nuevos

Se la veía firme en el simulado estrado, aunque seguramente la procesión iba por dentro. Actuar como “maestra” de ceremonias siempre es complicado, más cuando no es tu oficio. Quizás por ello, para aferrarse a un detalle con el que darse seguridad, se convirtió en una Cenicienta del siglo XXI, estrenando zapatos de gala. De ese modo pudo sacar a pasear su carácter, afable, divertido, interesante, y consiguió dotar a la presentación de ese libro que  muchos de los asistentes podrían considerar como la lectura del año, de una brillantez inusual que se iba volatizando  en el ambiente a medida que pasaba el tiempo y el resto de los participantes en la charla hacían las delicias del público. Después llegó el ágape, las charlas distendidas en corrillos, la firma de ejemplares, pero también una nueva cita para el día siguiente y así poder hablar en profundidad de la novela con el autor y la editora.

El autor era Félix García Hernán. La novela, “Pastores del mal” y la editora, Mercedes Castro. ¡No digo más!.


 

Desayuno con encanto

El marco del encuentro era incomparable; las atenciones del autor para con las lectoras, exquisitas, mientras la charla se desarrollaba de manera distendida y esclarecedora, porque Félix García Hernán no escatimaba esfuerzos haciendo mención a muchos de los aspectos que suelen pasar inadvertidos durante la lectura y que la enriquecen a posteriori. Entonces apareció la editora, cargada de libros. Una a una fue repartiendo ejemplares de una novela que saldría al mercado dos semanas después. Se trataba de “La Ilustrísima”, de Marta Prieto y la recomendó con el mismo desparpajo con el que hizo la presentación la tarde anterior. Entre bromas y risas siguieron charlando de la novela que las había reunido allí, pero también de la nueva y, sobre todo, quedó latente su amor por la literatura y la pasión con la que aborda su trabajo. Las lectoras, por su parte, se despidieron con la promesa de darle buena cuenta de sus impresiones, emocionadas por la experiencia vivida.


 

La lectora insatisfecha

Acaban de recomendarle un libro. La lectora no es mucho de recomendaciones, dice que las carga el diablo. Son demasiados años en la blogosfera y ya solo se fía de unos pocos, dice también. Sin embargo, este libro viene avalado por G. Y para ella, G. es el Dios de las recomendaciones. O su representante en España. Porque gracias a él, conoció a Víctor del Árbol y, a su vez y el mismo día, a Josep Forment. ¿Se puede pedir más? ¡Imposible!. Para colmo, Mercedes Castro, a la que acaba de conocer y ya siente como amiga, habla de él maravillas.

Sin embargo, mira el libro de frente y de perfil y no le acaba de convencer. ¿Será esa cubierta en tonos pastel lo que no le encaja? ¿O serán esas sandalias de tremendas plataformas que la ilustran lo que está matándola mientras observa el ejemplar de reojo?.  ¡Venga, mujer, no seas lerda! –se dice-, ¿Desde cuándo te han afectado esas chorradas?. ¡Dale una oportunidad, leñe!. Entonces mira la contraportada y lee:

Y ya siente que se puede morir en paz, porque acaban de rematarla…


En primer lugar, quiero pedir disculpas por este desatino que acabo de esbozar y que no es más que un simple remedo de lo que el modo tan original en que está narrada esta novela me ha suscitado. Intentaré explicarlo con detenimiento, porque me temo que, a nada que me lo proponga, la acabaré liando.

Y es que la novela, estructuralmente, es sencilla… aparentemente. Me explico: normalmente, la estructura más básica de una novela es la que se divide en planteamiento (aparecen los personajes y el conflicto principal), nudo (donde transcurre la mayor parte de la trama y suceden todas las cosas) y desenlace (se alcanza el clímax narrativo y se resuelven los conflictos planteados). Sin embargo, en La Ilustrísima aparecen estas tres partes diferenciadas, claro, pero no de la misma manera:

- Planteamiento: Se esboza en un corto prefacio de apenas dos páginas que nos traslada a una fecha concreta: el 12 de mayo de 2014, día en que fue asesinada Rosario Llamazares, presidenta de la Diputación Provincial de León.

- Nudo: Se divide en tres partes: la primera de ellas transcurre entre 2007 y 2009; la segunda entre el 2010 y 2012 y la tercera del 2012 al 2014, es decir, los siete años previos al luctuoso acontecimiento que se describe en el planteamiento. Se compone de 66 capítulos cortos, de una extensión de apenas cinco páginas cada uno, que podrían considerarse microrrelatos y titulados de tal manera que resumen perfectamente quien o quienes va a ser el/los protagonistas de cada uno de ellos.

- Desenlace: En un único capítulo nos traslada al día 11 de mayo de 2015, cuando se va a celebrar el primer aniversario del asesinato de la Ilustrísima. Además, como colofón, hay un capítulo más del que no puedo comentar nada porque es una sorpresa mayúscula que deberás conocer por ti mismo y que es un auténtico broche de oro para una novela memorable de la que crees saberlo todo desde la primera página y que, sin embargo, capítulo a capítulo no deja de sorprenderte, hasta ese final que te admira sin remisión y con unas ganas locas de volver a leer a esta autora que ha sido todo un descubrimiento.

Con esto quiero decir que en una novela tradicional lo normal hubiese sido que el conflicto principal que se proyecta en el planteamiento hubiese seguido un orden cronológico y más en este caso en que lo que se expone es un asesinato. Sin embargo, lo que sucede es justo lo contrario, porque la trama nos traslada a siete años antes, cuando los posibles “sospechosos” coinciden en tiempo y lugar para indagar en que todos los personajes tienen motivos suficientes para ser los culpables del mismo. Tampoco se puede decir que la narración comience in extrema res, porque ese mismo planteamiento se podría considerar como un punto de inflexión o bien un patrón narrativo.

Claro que todo esto que os he contado lo comprobé después de tener por primera vez el ejemplar de La Ilustrísima en mis manos (obvio). Me chocó la cubierta con sus tonos pastel y la imagen que la ilustraba, pero tampoco fue como para tenerlo en cuenta. Si bien es cierto, la contraportada me dejó un poco fría, no tanto porque el origen de la trama girase en torno a un asesinato real (el de Isabel Carrasco, presidenta de la Diputación Provincial de León, aunque con el nombre cambiado), ya que, como imagino que a muchos de vosotros, cuando me enteré por los informativos de semejante suceso, me impresionó como al que más (no voy a decir que me inquietó, atormentó y perturbó, no vaya a ser que me mandéis a Esperanza Gracia) y, sobre todo, su rápida resolución. No, el problema estaba en que en ella se especulara sobre quien de sus muchos enemigos podría tener más motivos para asesinarla, cuando la policía, casi a pocas horas de los hechos, ya había detenido a las sospechosas que posteriormente, en uno de los juicios más mediáticos de los últimos tiempos, serían declaradas culpables.

Dicho lo cual, os diré que eso, como todo lo demás, está perfectamente resuelto en la novela, porque precisamente la esencia de la misma radica en detalles tan peculiares como ese. (Sigo explicándome…).

Porque, efectivamente, la novela arranca mostrándonos la escena del cadáver de la presidenta de la Diputación, cubierto con una sábana, sobre la pasarela del río Bernesga, para remontarnos a continuación a siete años atrás y de ese modo conocerla tanto a ella como a ese entorno “tan suyo” y que tanto la odiaba.

Y considerándolo de esta última manera, me ha fascinado el modo en que se formula; es decir, describiendo una escena en poco menos de dos páginas. A continuación, el patrón se rompe y comienza la historia real. En particular, la de Helena Fonseca y su madre Encarna García-Cepeda, a las que conocemos cuando la primera trabaja como interina en la Diputación a las órdenes de la presidenta y como poco a poco la relación entre ambas se va estrechando hasta convertirse en íntima. Hasta que Helena se va de la lengua y se precipita su “desgracia”. Pero también la del resto de los personajes, entre los que habría que destacar a Maricruz, amiga de Helena y a la que esta manipula hasta la extenuación; o la Ordenanza, que también juega una baza fundamental en la trama. Y si destaco a estas cuatro mujeres, es porque en todos los casos se producen una serie de patrones y consecuentes rupturas de los mismos dignos de elogio, en el sentido que me ha hecho recordar un ensayo de Jon Gingerich (Falsos principios, finales muertos y malos comienzos) en el que se razona cómo reconocer los patrones narrativos para saber cuál es nuestra historia, dónde debemos empezarla y, sobre todo, dónde debemos romperlo con una anomalía, porque es precisamente cuando se produce esa irregularidad cuando la historia adquiere relevancia y comienzan los giros que la harán interesante. Marta Prieto, en ese sentido, lo borda.

 

Porque no nos engañemos, Rosario Llamazares, la presidenta de la Diputación, era un bicho de mucho cuidado: ambiciosa, sin escrúpulos, implacable, rencorosa, temida por todos y odiada a partes iguales. De origen humilde, era muy inteligente y trabajadora, experta en fiscalidad y finanzas. No en vano, con veinticinco años y nada más terminar la carrera, aprobó la oposición y se convirtió en inspectora de Hacienda. Con treinta, ya ocupaba diversos cargos políticos importantes. Cuando la conocemos tiene cincuenta y dos años, gustos caros y un físico del montón: es baja de estatura (sus detractores la llaman “la enana”, de cara y silueta menuda, labios finos y nariz desproporcionada.

Otros personajes serían:

- Helena Fonseca García-Cepeda: Empezó a trabajar como ingeniera de telecomunicaciones en la Diputación en 2007 y enseguida se convirtió en indispensable para la presidenta. Como empleada no tenía precio: era sumisa y callada y le faltaba tiempo para satisfacer cualquier deseo que tuviera; como amiga, en principio, tampoco. Hasta que metió la pata hasta el corvejón y entonces todo se le puso en su contra. Egoísta, inteligente y con un expediente académico brillante, también es vanidosa, manipuladora, y absolutamente dependiente de su madre. Alta de estatura, guapa y con melena oscura, tiene las piernas largas y esbeltas y la silueta armoniosa que cuida a base de pilates.

- Encarna  García-Cepeda: Casada con Victoriano Fonseca, Comisario Jefe de Policía en Astorga, un hombre al que no respeta y ningunea, porque es un buenazo sin ambiciones personales ni profesionales, un conformista que huye del conflicto como de la peste. Ambos son los padres de Helena. Encarna es ambiciosa e intransigente, intrigante y obnubilada por el lujo y las ganas de aparentar. Y, como madre, digna de estudio, por ese afán de proyectar en su hija sus anhelos más apremiantes y sus sueños rotos. Sufre poliomielitis y tiene el gemelo izquierdo atrofiado.

- Longino Banucias: Vicepresidente de la Diputación, es pariente lejano de la presidenta y precisamente por eso y por serle leal desde que eran niños, se convirtió en su mano derecha (osea, con la que se firma y también para eso). Además, desde hace más de una década es alcalde de su pueblo con mayoría absoluta. Servil hasta la saciedad, rastrero hasta el infinito. Ojos saltones y muy redondos. Está casado y tiene tres hijos todavía menores. Mantiene una pseudo-amistad con la ordenanza, consistente en fumar en la azotea de El Torreón, la sede de la Diputación, mientras ella le aburre con disertaciones literarias.

La Ordenanza: Trabaja en la Diputación como interina y anhela conseguir una plaza fija. Su vida, en general, es un camino de frustraciones, de sueños imposibles. Cinco años antes, en 2002, se presentó a una oposición para cubrir diez plazas de auxiliar administrativo convocada por la Diputación, pero no lo consiguió, pues pudo comprobar que estaban amañadas. Aunque su mayor quimera sería la de dedicarse a la literatura en cuerpo y alma, no puede aspirar a nada más que a apuntarse a talleres literarios, ya que en su día no pudo cursar la carrera de Filología porque a sus padres les pareció más conveniente que estudiara Derecho, claro que después, cuando quiso opositar para ser fiscal, tampoco pudieron costearle el preparador porque bastantes gastos tenían con su hermano mayor, que estudiaba fuera del país. Es muy observadora, hasta el punto de que conoce todos los secretos de su entorno laboral y es la protagonista clandestina de esta historia.

- Maricruz Callado: Policía, aunque aborrece su trabajo y su vida, creo que por ese orden. Es amiga de Helena, aunque esta la manipula a su gusto. Está divorciada, tiene un hijo pequeño en régimen de custodia compartida y mantiene una relación con Enrique Mercader, Quique, el que fuese en su juventud su primer novio, de profesión secretario judicial, casado con una de las mujeres más influyentes de la ciudad y con la que tiene cuatro hijos.

- Silverio Ampudia: Alcalde de León, de estado civil, sonriente. Acostumbra a vestir pantalones grises, camisas celestes, americanas azul marino, castellanos granates y gafas sin montura y que, como el resto de sus adláteres del partido de la Derecha, ha hecho de las prácticas criminales su leitmotiv .

 

Si hay algo que predomina en la novela negra es la crítica social que se transmite en el cuerpo de la trama. El encumbramiento del género está ligado a las crisis económicas y, sobre todo, a la corrupción que campea a sus anchas en cualquier época, ya sea de bonanza o de destemplanza. Marta Prieto se postula en esta novela como una gran conocedora de los círculos del poder y de cómo quienes lo ostentan se coronan continuamente en el noble arte del  cohecho, del blanqueo de capitales o del tráfico de influencias, por citar algunos de los pasatiempos preferidos de estos hidalgos ciudadanos y con La Ilustrísima acepta el lance del arte de la narración por medio de múltiples focos narrativos para cimentar una voz crítica en torno a la degradación moral de sus personajes.

Poco más puedo decir de una novela que me ha parecido brillante en su planteamiento y su ejecución, punzante y afilada las más de las veces  e hilarante por momentos, los precisos. Aparentemente sencilla por lo fácil que resulta su lectura y complicada simplemente por lo mismo, ágil en sus diálogos, memorable por el modo en que describe a sus personajes y más que seductora para los amantes de la novela negra. 





viernes, 13 de agosto de 2021

PREMONICIÓN, de Rosa Blasco


DATOS TÉCNICOS:

Título: PREMONICIÓN

Autora: Rosa Blasco

Editorial: Maeva

Colección: Maeva Noir

ISBN: 978-84-18184-43-7

Páginas: 359

Presentación: Rústica con solapas



Rosa Blasco (Alcañiz, Teruel, 1964), Es médico especialista en Medicina Familiar y Comunitaria y Doctora en Historia de la Medicina por la Universidad de Zaragoza. En la actualidad, reside y trabaja como médico de familia en Tudela (Navarra). Ha publicado, además de numerosos artículos científicos, el ensayo Historia del Hospital de San Nicolás de Bari de Alcañiz (1418-1936), fruto de su tesis doctoral, y las novelas El sanatorio de la Provenza (Planeta, 2014) y La sangre equivocada (Mira Editores, 2019).

Premonición es su tercera novela y en ella, como bien reza su subtítulo, “La islas acogen a los que huyen” y en particular, Menorca, como así le ocurre a Simonetta Brey, una prestigiosa forense que llega a Ciudadela para ocupar una vacante como médico de familia. De su alojamiento se ha ocupado una trabajadora social, que le ha conseguido una casa estupenda y un vehículo, todo un lujo teniendo en cuenta que en la isla casi todas las viviendas se destinan al alquiler vacacional. Acaba de salir de prisión y le han ofrecido esta posibilidad en clave de segunda oportunidad para, de esa manera, acortar la pena de cárcel a la que fue condenada por un delito profesional y obtener la libertad condicional. Lo que no sabe, todavía, es que su antiguo colaborador, el comisario Darío Ferrer, es quien ha movido los hilos para que todo esto se haya hecho realidad. Claro que tardará poco en enterarse, justo al día siguiente, tras firmar el contrato en la Subdirección de Atención Primaria.

La propuesta es muy sencilla, aparentemente. Simonetta tendrá que ayudar al comisario con una investigación que lleva meses encallada. Resulta que, en un breve espacio de tiempo, han muerto tres médicos sin razón aparente, aunque según las autopsias, a falta de algún dato relevante, ha sido de muerte natural. Pero él ha tenido una premonición y cree que los casos están relacionados y han sido provocados por la misma persona, así que quiere seguirla a pesar de que nadie de su equipo cree en su hipótesis, por lo que la forense, que no tiene más salidas de futuro, decide secundarlo.

Tras instalarse y empezar a acomodarse en Canal Salat, su nuevo centro trabajo, Simonetta recibe el primero de los informes que le hará llegar el comisario, dado que la intención primigenia es que nadie conozca la relación existente entre ambos para que nadie la vincule a la investigación.  De ese modo, descubre algo más sobre las víctimas:

- Vicente Bort Chuliá: Nacido en Valencia, ciudad en la que también residía. Tenía sesenta y siete años y se había jubilado hacía poco tiempo. Fue jefe del servicio de Radiodiagnóstico del Hospital La Fe. Divorciado y con dos hijos, ambos médicos también, viajaba solo. Llegó a Menorca el 11 de septiembre y se alojó en el hotel Tres Àngels de Ciudadela. El día 15 alquiló un vehículo y un payés lo encontró ya cadáver en el Camí des Alocs, una senda que conduce a las ruinas del castillo de Santa Águeda.

- José Luis Revuelta Arce: Nacido en Colindres (Santander), tenía sesenta y nueve años y se había jubilado tres años antes. Sin hijos. Había sido jefe de servicio de Ginecología del Hospital de Valdecilla. Casado con Joaquina Cortés Fernández, de sesenta años, que todavía trabajaba junto a su socia en un negocio de decoración, falleció junto a él. Llegaron a Menorca el 13 de octubre y se alojaron en el Hotel L’illa de Ciudadela. Los encontraron ahogados en el tramo final de la Playa de Son Bou dos días después, a pesar de ser excelentes nadadores.

- Carlos Lladró Gisbert: Natural de Amposta (Tarragona), donde volvió a residir tras jubilarse diez años antes como jefe de servicio de Oncología Médica del Hospital Valle de Hebrón, de Barcelona. Tenía setenta y seis años y era viudo y padre de una hija. Llegó a Menorca el 4 de enero y se alojó en el hotel Arena de Ciudadela. Murió tres días después, tras visitar el Lazareto de Mahón, donde encontraron su cadáver.

Pero también descubre que su vuelta a la medicina de familia es mucho más gratificante de lo que a priori suponía, porque después de haberse dedicado durante más de una década a la medicina legal había olvidado ese estrecho y poderoso vínculo que se crea a menudo entre médico y paciente. Asimismo, empieza a disfrutar de una isla a la que es fácil aclimatarse porque la va seduciendo poco a poco con su inefable belleza mientras va y conociendo a sus compañeros de trabajo, como Sergi Pons, su enfermero e hijo del alcalde de la localidad, un joven afable, natural y educado que será de gran ayuda en todos los ámbitos para ella y Quique Coll, doctorado en medicina y  en “cansinidad” si la palabra existiera y se estudiase en alguna facultad y trabando amistad con algunos de sus habitantes, como Séraphine Bardot, una educada y afable arquitecta parisina que cuatro años antes abandonó su país natal para instalarse en Menorca como decoradora; Toni Sagrera un atractivo hombre de negocios licenciado en Ciencias Empresariales con el que tendrá una “excelente amistad”, a pesar de unos inicios un tanto complicados; Margálida Fullana: una mujer un tanto sobría, un poco enigmática y ciertamente elegante que trabaja en la recepción del hotel Tres Ángels y Norberto Blasco, un tipo cordial y simpático que es el propietario del Imperi, un café del que dicen que es el mejor del archipiélago.

La investigación, sin embargo, parece que no avanza por mucho empeño que ponga en ello. Simonetta intenta recabar pistas, acude a los hoteles donde se alojaron las víctimas así como a los lugares donde fueron encontrados, pero no hay manera, no hay un simple resquicio por el que colarse en busca de una pista, por nimia que sea. Y, cuando todo aparece encallado, sale el gordo en forma de llamada telefónica del 112 mientras se encuentra en el centro de salud atendiendo a unos pacientes: un pastor ha encontrado en el faro de Punta Nati a un hombre en posible parada. Acude a atender la urgencia junto a Sergi, claro que cuando llegan allí, el hombre ha muerto. Y es médico.

Al día siguiente el comisario le ofrece toda la información que han recabado de la nueva víctima. Se trata de Fernando Osuna Parejo, natural de Fuentes de Andalucía y residente en Sevilla. Tenía setenta y cinco años, era soltero y vivía solo. Se había jubilado como jefe del servicio de Psiquiatría del Hospital Virgen del Rocío de Sevilla. Llegó a Menorca dos días antes de producirse el óbito y se alojó en el hotel L’Illa, donde ese día alquiló un coche para dirigirse al lugar en el que lo encontraron.

En esta ocasión Simonetta tendrá la oportunidad de practicar la autopsia, dado que los dos únicos forenses con los que cuenta la isla están de baja. Y tampoco encuentra nada relevante en ella, aparte de darnos una lección magistral de cómo se hace este tipo de prácticas.

Pero la rueda parece haberse puesto en movimiento y es imparable. Al menos, porque a los pocos días, cuando todavía no han llegado los resultados del laboratorio de la pruebas realizadas al doctor Osuna, una pareja de turistas alemanes encuentran un nuevo cadáver en la Naveta des Tudons, el monumento megalítico más grande y significativo de la isla. En esta ocasión se trata de Iñaki Odriozola Navarro, natural de Lequeitio (Vizcaya) de sesenta y siete años. Se jubiló como jefe del servicio de Medicina Preventiva del Hospital de Cruces de Barakaldo y se alojaba desde dos días antes en el hotel Tres Àngels, de Ciudadela.

Y ahora sí, ahora parece que al igual que aquello que nos contaban de que el verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, la premonición se convierte en realidad y la hipótesis se abre paso a una posibilidad secundada por todos, por lo que se reabre el caso. Se buscan las coincidencias entre todas las defunciones y parece que surge alguna fisura en la que profundizar.

Y, como podéis comprobar también después de todo lo dicho, todo sucede con una inusitada tranquilidad, algo que nada tiene que ver con el modo en que se ha catalogado esta novela, que poco o nada tiene de thriller, ni falta que le hace. Teniendo eso claro, espero que no os pase como a mí, que me pasé los primeros capítulos buscando ese ritmo trepidante que se le supone a una novela de este género, hasta comprender que la historia iba de otro palo y empecé a disfrutarla, porque cuenta con una serie de atractivos distintos, como que es un paseo por un escenario de lujo: la isla de Menorca, ese lugar en el que cualquier fugitivo, de cualquier índole, desearía recalar.

Por ello, no dejarás de disfrutar con las descripciones que de la isla nos hace Simonetta y no te importará perderte con ella por la Plaza del Ayuntamiento, para descubrir su gran obelisco central, las casas señoriales que la circundan con sus fachadas de color ocre o rosado o el propio Consistorio de aire oriental y, por supuesto, la muralla que nace en el mismo edificio y rodea la ciudad. O asomarte al puerto antiguo, para observar las numerosas embarcaciones de recreo allí atracadas. O dar un caminata hasta el Castell de Santa Águeda, un antiguo alcázar de origen musulmán del que apenas quedan algunos restos, pero que está ubicado en un enclave con unas vistas fabulosas. Aunque, sin lugar a dudas, disfrutarás cuando te describa el lugar más emblemático de la isla, que no es otro que el Lazareto de Mahón, una construcción ubicada en la península de San Felipet, -aunque tiempo después el istmo que lo unía a la isla se destruyó para convertirse en un islote-, a la entrada del puerto de Mahón y levantada entre 1973 y 1807 bajo el reinado de Carlos III que, como su propio nombre indica, tuvo como finalidad la de aislar a los viajeros y mercancías infectados o sospechosos de haber contraído enfermedades contagiosas y en particular la peste bubónica que se declaró por aquellas fechas. Estuvo en funcionamiento durante un siglo, para luego quedar en desuso. Te resultará seguro que tan interesante como a mí conocer el modo en que se distribuía:

- Patente sospechosa: Destinada a recibir a aquellas personas y sus efectos procedentes de puertos sospechosos o que habían tenido contacto en la travesía con barcos con posible contagio.

- Patente sucia: Destinada para personas procedentes de buques apestados o que durante la travesía habían tenido contacto con barcos en esas condiciones. Esta patente está dividida por una gran muralla.

- Patente apestada: Era la zona destinada a los afectados por este tipo de enfermedades. Situada en la parte más elevada, su entrada principal la formaba una torre de vigilancia. Tenía también locutorios para hablar desde la patente sucia con los enfermos y sus asistentes. 

- Patente limpia: Aunque estuvo presupuestada, nunca llegó a construirse.

Para terminar queriendo acabar cualquier velada en el restaurante Tokyo, un japonés que ha conseguido triunfar en la isla gracias a las habilidades de su dueño, Ferran García, un hombre que siendo muy joven viajó al país nipón para aprender todos los secretos de la gastronomía japonesa y que volvió a España mucho después para instalarse en Menorca.

Y entonces comprenderás que has estado leyendo una novela amable, envuelta en misterio, que te ha hecho sospechar de todo y de todos para llegar a un desenlace que ni en sueños hubieses imaginado, escrita con una prosa sencilla, directa, pero que te ha sabido envolver para mantenerte pegada a ella hasta la última página y cerrarla con plena satisfacción y con unas ganas locas de visitar sus escenarios.


Esta reseña participa en la iniciativa:











Apartado: Islas enigmáticas

La isla en que se desarrolla la acción es española


jueves, 29 de julio de 2021

DONDE HAYA TINIEBLAS, de Manuel Ríos San Martín

 


DATOS TÉCNICOS:

TÍTULO: Donde haya tinieblas

AUTOR: Manuel Ríos San Martín

EDITORIAL: Planeta

COLECCIÓN: Autores Españoles e Iberoamericanos

ISBN: 978-84-08-24314-4

PÁGINAS: 528

PRESENTACIÓN: Tapa dura con sobrecubierta



Manuel Ríos San Martín (Madrid, 1965) es guionista y director de cine y televisión. Licenciado en Ciencias de la Información, en la rama de Imagen, también es profesor de guión en la Universidad Camilo José Cela en Madrid. Su vida laboral se ha desarrollado a caballo entre las productoras de televisión más importantes, ejerciendo labores de productor ejecutivo, director o guionista: de Globomedia, pasó a BocaBoca donde en la actualidad es Director de Ficción. Ha participado en series míticas como Médico de familia, Colegio Mayor, Compañeros (de la cual también dirigió la película No te fallaré, inspirada en la serie) o Sin identidad, entre otras. También es autor de las novelas Círculos (Suma de Letras, 2017) y La huella del mal (Planeta, 2019), que ha sido traducida al italiano y está siendo adaptada a la televisión como una serie de ocho capítulos.

El 9 de junio de 2021 se publicó Donde haya tinieblas, su última novela y de la que hoy quiero hablaros, pero vayamos por partes…

Y nada mejor para remedar a Juan Martínez que empezar hablando del título de la obra recordando la charla, a modo de presentación del libro, en la que Manuel Ríos San Martín le comentaba a Javier Sierra que la novela en un principio se iba a llamar “El asesino del Génesis”, un título que, para mi gusto, era de lo más acertado teniendo en cuenta la concepción y finalidad de los crímenes de los que vamos a ser testigos, pero que descartó porque se asemejaba bastante a aquellos que utilizaba Agatha Christie. Otro de los que se barajaron fue el de “El pecado de Dios”, tan interesante como el anterior por las afinidades que guarda con la trama, aunque al final decidieron que el más adecuado sería el que es, precisamente porque esta novela está envuelta en tinieblas, metafóricamente hablando, y estas guardan un estrecho vínculo con todo lo que acontece, donde la incertidumbre y el misterio campan a sus anchas.

La historia comienza con la desaparición de Karolina Mederev, una famosa modelo e influencer rusa de diecisiete años de belleza deslumbrante que ha venido a Madrid para amadrinar la presentación de una nueva tienda de lencería de lujo. Pero no se ha presentado, así que cuando apenas han pasado unas pocas horas del evento, la agencia para la que trabaja lo pone en conocimiento de la UDEV (Unidad de Delincuencia Especializada y Violencia) de Madrid, pues todo apunta a un secuestro. Los encargados de la investigación serán los inspectores Juan Martínez y Nuria Pieldelobo que, en principio, empezarán por analizar sus redes sociales, donde se dan citan multitud de seguidores, pero también unos cuantos detractores. A través de fotos y en particular del vídeo de un anuncio grabado un año antes en la televisión rusa, descubren que la joven tiene una peculiaridad: no tiene ombligo.

Cuando el cadáver de la joven se revela días después sobre el altar de la ermita de la Virgen del Ara, en la provincia de Badajoz, la investigación empezará a tomar otros derroteros. Claro que no será el único, pues días después, otro cadáver aparecerá en San Juan de la Peña (Jaca) y no será el último. Asistiremos así a una historia absorbente y espléndida a partes iguales.

 

Porque Donde haya tinieblas es una novela de contrastes y dualidades y, del mismo modo que en lógica matemática se diferencian dos tipos de condiciones, la suficiente y la necesaria, algo similar ocurre en esta novela. Por ello, podríamos decir que la antítesis es la condición suficiente para que todo tenga sentido y la ambivalencia es la condición necesaria. Y resulta curioso que estos dos conceptos, aparentemente parecidos, sean tan diferentes y a la vez tan indispensables en la trama de esta novela.

Porque en Donde haya tinieblas, la antítesis está más que presente, tanto en el fondo como en la forma y solo por ello ya sería suficiente para asistir a un relato fascinante. De ese modo, nos encontramos ante una novela que es tierna y dura a la vez, donde la acción y la reflexión van de la mano, donde el castigo y la redención es una cuestión de perspectiva y la misericordia y la intransigencia son la cara y la cruz de una misma moneda.

Por eso, además, nos encontramos con dos protagonistas de lo más antagónicos y con un trasfondo humano que los hace únicos: Juan Martínez y Nuria Pieldelobo. Él un boomer, ella una milenial; uno de educación religiosa y tradicional, ella laica y liberal; él es un pelín machista aunque no quiere reconocerlo, ella feminista impenitente; él, caótico por definición, tiene una capacidad de dispersión asombrosa, ella es ordenada y metódica, concentración en estado puro; y así puedo seguir aportando una infinidad de diferencias, aparentemente insalvables, que dan lugar a multitud de desencuentros, porque ambos, aunque en particular ella, son máquinas de discusión masiva. Y esto repercutirá en una trama en la que con el asesinato de la modelo rusa se abrirán dos líneas de investigación diferentes: por un lado, la que plantea Martínez, al que le parece que se trata de un crimen de carácter religioso y ritualístico; por el otro, la que defiende Pieldelobo, en la que la mafia rusa sostiene una red de prostitución de lujo con menores de edad. Y, en medio de ambas tesis, se sospecha de algún que otro hater obsesionado con las fotos y stories que la modelo publica en Instagram.

Pero también en Donde haya tinieblas la ambivalencia juega un papel preponderante, por lo que se convierte en condición necesaria y viene a enriquecer un relato perfectamente construido en todos los sentidos: ya sea por sus personajes (todos ellos, en mayor o menor medida, son ambivalentes, de ahí las contradicciones e inconsistencias en las que caen), los escenarios (y no tanto por ellos en sí, sino porque aquí juega una baza importante la religión y el modo en que se enfoca la concepción de Dios, bien como un juez digno de ser temido, todopoderoso y castigador o bien como un Ser protector y misericordioso al que alguien quiere enmendarle la plana) o porque Manuel Ríos San Martín posee un estilo literario único y depurado, brillante y sólido, que atrae y seduce en la misma medida (aunque en este último punto la ambivalencia sea nula).

Así que ahora intentaré desarrollar un poco más los puntos anteriores de esta novela escrita en primera persona, desde el punto de vista de Martínez. Esto implica que el autor, al narrar de esta manera, rompe una muralla muy sutil de cara al lector y consigue que dejemos de verle como un personaje por la empatía que nos genera, del mismo modo en que es capaz de depararnos infinidad de situaciones hilarantes, sobre todo cuando va describiéndonos a todos los personajes que intervienen en la trama, a los que suele apodar para hacer más fácil su identificación, ya que tiene problemas, desde siempre, para recordar los nombres. De ese modo, nos encontramos algunos en el entorno de Karolina Mederev tan variopintos como:

- Sophie Villeneuve, alias La Botox: Directora de la agencia de modelos para la que trabaja Karolina Mederev. Es una mujer que, habiendo cumplido los cincuenta, es muy atractiva y con una figura envidiable. De hecho, para definirla el protagonista la cataloga con el término MILF (acrónimo de la frase “Mother I'd Like to Fuck”.

- Marcelo Belleti, alias El Muñequín: Asistente de Karolina Mederev. Un joven ciertamente ambiguo de poco más de veinte años, guapo, desenvuelto y un poco bajo de estatura. Debe su apodo a su buen gusto en el vestir.

- Mateo, alias El Fitnessmanager: Aunque en el gimnasio al que acudía Karolina Mederev cuando reside en Madrid, todo le llaman Chuwi. Lógicamente, siempre viste ropa deportiva y hace gala de sus músculos al menor descuido.

- Álvaro Williams: Veintitrés años, modelo, instagrammer y presunto novio de Karolina. De hecho, fue en el domicilio de éste donde desaparició. Habían pedido comida a domicilio y, al parecer, contenía alguna droga que los dejó inconscientes. Por otro lado, el móvil de la modelo se apagó a las 21:14 h. de ese día en las inmediaciones de la Plaza de Paja, donde vivía el chico y pasaron la tarde y parte de la noche.

- Masha Klimov: Madre de Karolina. Chapurrea cinco idiomas y consigue hacerse entender a pesar de ello, insultos incluidos. Es una mujer fibrosa que derrocha energía. Muy atractiva, tiene la cara llena de pecas y una cicatriz que le cruza la mejilla sin restarle belleza, quizás la prueba palpable de que esconde un oscuro pasado.

 

En la comisaría, acompañando a los protagonistas, entre otros, se encontrarían el Inspector Enrique Castejón, alias Bigdata, de poco más de treinta años,fuerte, aunque delgado y que debe su apodo a que es un friki de las redes sociales y los videojuegos, el comisario Trashorras, un buen hombre excesivamente clásico, que siempre viste con traje y porta un bigote de otra época, posiblemente por ello y Romera, un personaje digno de un estudio psicológico profundo. O algo peor.

Lógicamente, solo he destacado algunos de los muchos  personajes que aparecen en esta novela, porque hablar de todos me resultaría prácticamente imposible, para no eternizarme, razón por la cual no puedo obviar a los protagonistas:

- Juan Martínez: No solo es un personaje, sino que, además, será el narrador de esta historia. Tiene una visión del mundo muy particular. Genera mucha empatía, quizás porque lo de ser políticamente correcto no esté hecho para él. O puede que también sea debido a su “dispersión manifiesta”, a pesar de haber hecho un curso de control mental a instancias de su mujer. Boomer de manual, está chapado a la antigua, aunque intenta estar a la moda, cosa que no consigue con facilidad. De hecho, se cree un crack en el manejo de las redes sociales, porque conoce la mayoría de las existentes, pero la realidad es que excepto vigilar a sus hijos con cuentas ocultas, poco partido saca de ellas. Cuando se compara con viejos amigos y conocidos, se ve mucho mejor que ellos, por lo que se considera un fofisano integral.

También es digno de mención su entorno más cercano. Resulta conmovedor ver como retrata a Teresa, su mujer, el motor de su familia y los esfuerzos realizados por ella para mantenerla a flote mientras él se dedica en cuerpo y alma a su trabajo. O sus gemelos, a quienes describe con una naturalidad pasmosa, no exenta de ironía. O el esfuerzo de Alicia, su hija mayor para mantenerlos a raya.

- Nuria Pieldelobo: Pertenece a otra generación: como treintañera, es milenial, feminista, cinturón negro de aikido y una de las promesas de la UDEV por su brillante inteligencia, porque fue número uno de su promoción, habla dos idiomas, además del castellano y catalán y tiene un grado en Criminología. Rubia, ojos verdes y de indudable belleza, tiene una mala leche proverbial, hasta el punto de que su compañero, aficionado a poner apodo a todo aquel con el que se cruza, se ve incapaz de hacerlo con ella, dado que su apellido la define. De educación laica, este caso la lleva a “doctorarse” en religión sobre la marcha, sacando unas conclusiones interesantes, ya que le da la vuelta a todo.

También los escenarios son una condición necesaria en esta novela; de hecho, sin ellos no hubiese sido posible construir una trama tan contundente como la que transcurre en Donde haya tinieblas.

Junto a los inspectores Martínez y Pieldelobos nos desplazaremos a Fuente del Arco, un pequeño municipio de casas encaladas y calles empinadas de Badajoz, situado en las estribaciones de Sierra Morena, casi lindando con la provincia de Sevilla porque allí, en la Ermita de la Virgen del Ara, ubicada a seis kilómetros de la localidad, ha sido hallado el cadáver de Karolina Mederev, tendido sobre el altar.

Comenzarás entonces a disfrutar de lo lindo con las descripciones que Martínez hace de esta ermita del siglo XV, de su pórtico mudéjar, de su retablo mayor de estilo barroco, de su cúpula octogonal o de su bóveda decorada con frescos que aluden a escenas del Génesis.  Tanto si te gusta el arte como la arquitectura religiosa y, si no es así, también, porque todo lo que rodea este lugar es francamente interesante y será un lugar clave para todo lo que sucederá en adelante.

El siguiente destino será el Real Monasterio de San Juan de la Peña, en Jaca, un lugar tan espectacular como legendario y donde el inspector encontrará las claves para mantener su teorías observando los capitales del claustro.

Y aunque a este extraño peregrinaje criminal aún le quedan unos cuatros kilómetros para terminar, otra de las escalas nos llevará al Santuario de Nuestra Señora de Aránzazu, patrona de Guipuzcoa y seguiremos disfrutando de las explicaciones de Martínez, deseando tener la oportunidad de visitarlos en algún momento, porque, quizás, al igual que como policía, como guía turístico no tiene precio.

Así que no me queda más remedio que recomendarte una de las mejores novelas que he leído en mucho tiempo. Una novela que, a pesar de sus más de quinientas páginas, más que leerse, se devora. Y por mucha intención que pongas en dosificarla, para que el placer de su lectura dure más, es imposible, porque te supera, porque lo primero que sientes, nada más empezarla, es el oficio del autor a la hora de dosificar la información y no solo en lo referente a la parte policíaca, sino porque también los protagonistas esconden su propio vía crucis que nos irán mostrando en una espiral de asombro. Porque, me reitero, hay mucho oficio detrás de cada palabra escrita.

Una novela absolutamente visual, muy cinematográfica, en la que desde las primeras páginas pareces deslizarte sobre una montaña rusa de emociones, no tanto por el ritmo en que se narran los acontecimientos como por todo lo que ocurre en tan breve espacio de tiempo y que es analizado e investigado al detalle, mientras los inspectores son los encargados de ponerle una banda sonora tan atíplica como libre, en la que no faltan Bebe, Rosalía, Vanesa Martín, Los Enemigos, Ilegales, AC/DC, Antonio Vega, Sting o el maestro Sabina.


sábado, 10 de julio de 2021

LA ÚLTIMA PALOMA, de Men Marías

 

DATOS TÉCNICOS:


Título: La última paloma

Autora: Men Marías

Editorial: Planeta

Colección: Autores Españoles e Iberoamericanos

ISBN: 978-84- 08-24230-7

Páginas: 544

Presentación: Tapa dura con sobrecubierta



Men Marías (Granada, 1989), seudónimo con el que firma sus libros Carmen Salinas, se licenció en Derecho para especializarse en el sector mercantil. En la actualidad trabaja como tutora de técnica literaria, novela negra y poesía en su ciudad de nacimiento y anteriormente fue columnista literaria en el periódico Granada Digital. Ha escrito numerosos cuentos, muchos de los cuales han sido premiados en distintos certámenes literarios, tanto nacionales como internacionales. Debutó en la novela hace tres años con Putaka, pescados y mariscos (Traspiés, 2018) galardonada con el Premio de Novela Carmen Martín Gaite 2017 y un accésit en el Premio Torrente Ballester 2017. La última paloma, publicada el 12 de mayo de 2021 es su segunda y hasta ahora su última novela.

 

¿Y qué puedo decir de La última paloma que no se haya dicho ya? Es complicado, por no decir imposible. De hecho, llevo días preguntándomelo y no he encontrado la fórmula adecuada con la que plasmar todas las sensaciones que he ido recabando no solo durante la lectura de esta colosal novela, sino en los días sucesivos en los que he intentado reseñarla, sin éxito. Así que voy a tomar el camino más fácil, intentando comprobar que los “consejos” que la autora da a otros escritores, los ha aplicado en esta novela:



- Con la «h» de humildad:

Dice Men Marías que el escritor debe olvidarse de escribir para sí mismo, porque ha de hacerlo para el lector, para que este se sienta recompensado por el dinero gastado en su obra.

No voy a negar que el consejo es formidable, porque son unas cuantas las ocasiones, por no decir que muchas, en las que nos hemos sentido estafados después de leer un libro, si no lo hemos abandonado antes. Unas veces porque nos venden humo en las contraportadas; otras porque las tramas son infumables y la mayor parte de las veces porque la figura del corrector brilla por su ausencia. O lo parece. En La última paloma, te puedo asegurar que cada euro invertido estará más que amortizado. Es más, si te digo que la novela vale su peso en oro, por todo lo que es capaz de aportarte, no te engaño. Y pesa lo suyo.

Porque tiene una trama espectacular. Bueno, quien dice una, también puede decir media docena…; de hecho, los amantes de las etiquetas, deberían acuñar una nueva para sustituir a las típicas de “novela negra”, “thriller”, etc., que no es otra que la de “novela de tramas”, casi tantas como palomas, si no más, porque el título no es gratuito, a pesar de que la autora, en primera instancia, quiso llamarla de otra manera que no os contaré, pero que si hubieseis estado al tanto de la Lectura Simultánea que hicimos en Twitter desde #SoyYincanera, lo sabríais.

La primera de ellas, sobrecogedora como pocas, transcurre en la actualidad y gira en torno a la resolución de un crimen atroz y la amenaza de que el responsable sea un asesino en serie, con lo que ello implicaría: el de Diana Buffet, una joven de diecinueve años, estudiante de periodismo, cuyo cadáver ha aparecido tendido y con unas enormes alas cosidas a su espalda en la entrada de una casa de veraneo, ahora abandonada, que se halla junto a la verja de la Base Naval de Rota. Esto, en principio, puede sonar baladí, pero no es tal, toda vez que dada su proximidad a la verja, el lugar está vigilado por cámaras y por un helicóptero de vigilancia y, sin embargo, estas no han grabado ningún movimiento en las inmediaciones. Al mando de la investigación estará la sargento de la Guardia Civil Patria Santiago, apoyada en todo momento por el Cabo Mayor Sacha Santos.

Claro que baladí sería la explicación que algunos quieren dar a este crimen, que no es otra que achacárselo al novio de la víctima y dar carpetazo al asunto. También es cierto que el joven tiene todas las papeletas para resultar sospechoso, pero desde que el médico forense obligado a realizar el examen previo in situ del cadáver observa que no es obra de un aficionado, a tenor de lo que se ve a simple vista, a Patria no le cuadra lo que otros tienen tan claro y se percata de que la tragedia, definitivamente, se ha instalado en Rota. Y ella en eso tiene un máster. Y la realidad se materializa cuando la autopsia se hace oficial: Diana ha sufrido todo tipo de horrores siendo consciente de todo. No se trata solo de que la joven haya sido infibulada (para lo cual se requiere cierta destreza), sino de que le han extirpado los senos con un instrumento cortante y tanto los cortes como las suturas practicadas son muy precisas, propio de alguien con conocimientos quirúrgicos y mucho tiempo libre por el tiempo que ha tardado en disponer la escena.

Y por más que se empeña en convencer a su superior que todo apunta a que se encuentran ante un asesino en serie que en cuanto se dé cuenta de que ese crimen no le ha proporcionado el placer que esperaba, volverá a matar, este hace oídos sordos. Y no será el único que no la crea, nadie lo hará. No obstante, dado que la brújula racional de todos parece que ha perdido el norte y ha dejado de ser una herramienta eficaz, habrá que aprender a interpretar los mapas y encontrar las pistas que la ayuden a no perder el rumbo.

 

Esto dará lugar, a su vez, a dos tramas distintas: una, la de la relación sentimental que ambos picoletos mantuvieron dos años atrás -que por parte de él parece que todavía no está resuelta- y otra, que podría considerarse una investigación por sí misma, que trata sobre el inquietante pasado de Patria Santiago.

Y como ya os dije que esta era una novela de tramas, todavía quedan cabos sueltos por desenredar en esta compleja madeja que es La última paloma. Por ello, surge una nueva trama a raíz de la única pista que los investigadores pueden seguir, proporcionada por la propia víctima, que estaba investigando la extraña desaparición de una joven en la década de los cincuenta, poco después de que se construyera la Base Naval de Rota. Y, para rizar el rizo, esporádicamente asistiremos a un escalofriante relato que tiene como protagonista a un niño. 

 

Pero también vale su peso en oro porque los personajes son canelita en rama. Y no es que sean cuatro, ni siete, ni diez. Son cantidad de ellos, hasta el punto en que yo, tan aficionada como soy a hacer amagos de dramatis personae de la mayoría de las novelas que reseño, con esta me he sentido incapaz, para no morir en el intento. Por tantos como son, por el peso que tienen en la historia que se nos narra y por el esmero y la pulcritud con que están descritos cada uno de ellos, hasta el punto de que los crees reales, casi viejos conocidos. Es cierto que el peso de la trama, por razones obvias, recae sobre los dos guardias civiles responsables de la investigación y quienes, a pesar de sus diferencias, parecen formar el binomio perfecto sobre todo porque nos urge, como si nos fuese la vida en ello, resolver ese crimen inicial que nos desquicia, ayudando a ello el modo en que está narrada la novela (en primera persona, cada uno desde su perspectiva para de esa manera hacernos partícipes de cómo sienten y perciben lo que ocurre a su alrededor, de los derroteros, avances y obstáculos a los que se ve sometida la investigación y de sus sentimientos y preocupaciones en el ámbito personal).

Y aunque ese binomio puede resultar perfecto para mantener la intriga por sí mismo, hay un trío que resulta ciertamente elocuente en sus silencios y por el modo en que abordan su propia existencia, cargada de aflicción e incertidumbre: el protagonizado por Inés, Diana y Patria (que repite como pareja de baile), tres mujeres de distintas generaciones con un nexo común: cada una de ellas, a su modo, utilizan el dolor físico como revulsivo para soportar el que provoca la mente, porque este último, imposible de gobernar, es insufrible. Porque La última paloma es una novela inmensa, que trata temas como el desconsuelo, el miedo, el estoicismo, el abuso en todas sus acepciones y un largo etcétera.

Aunque tampoco me quiero olvidar de algunos, como Berta y William Buffett, abuelos de la víctima. Él fue uno de los primeros marines de la Sexta Flota Americana que arribaron en la costa de Rota. Son los dueños de una pizzería, la mejor de la comarca, donde Diana echaba una mano siempre que sus estudios se lo permitían. Junto a ellos se encuentran Elsa y Curtis Black, así como su nieta Maddie. Vinieron a pasar unos días con ellos desde Prescott Valley, Arizona. Tanto Elsa, como Berta son roteñas y Curtis, como William, también era marine y amigos desde que ambos empezaron su carrera militar.

O el teniente Quintana, alias El Viejo, que perdió a su hija Belén, de tan solo seis años, en un accidente de tráfico  como consecuencia de la pérdida del líquido de frenos que sufrió su coche cuando iban camino de Madrid a una exposición canina con su cocker spaniel. La niña murió en el acto, él salió ileso, sin apenas rasguños. Desde entonces, Quintana, que poco después se divorció de su mujer, lleva a Macarrón a todas las que se celebran.

Por no hablar de Olimpia Piernavieja, una mujer instalada en unos tacones de infarto, quizás por una primigenia necesidad de hacerlo en las alturas del poder. Es la alcaldesa de Rota, aunque su prestigio le viene de cuna, ya que su padre fue un médico eminente de fama mundial. La ambición no sabemos de dónde.

Sin embargo, los personajes más emotivos serán dos hermanas: Inés y Piti, a las que conoceremos más en la línea temporal que transcurre a partir de 1953. Y junto a ellas, a sus padres, Pepe el Mayeto, una persona digamos que indescriptible, y Rosario.

 

Y lógicamente, esta novela vale su peso en oro por los escenarios donde transcurre la acción. Un escenario con banda sonora:



-¿Qué van a hacer de tu mar?

¿Qué en tus campos van a hacerte?

-Un camino militar,

Un puerto para la muerte.


En ella, Men Marías nos acerca a Rota, la preciosa localidad gaditana en la que se desarrolla la trama. La conoceremos en dos épocas distintas: la actualidad, que transcurre a lo largo de dieciséis días (del 2 al 18 de mayo de 1019, aunque al final asistiremos a un epílogo que transcurre dos meses después) y seis décadas antes, concretamente a partir de 1953, cuando descubrimos a una Inés niña, a sus padres y hermana y, a su vez, a una ciudad que da un giro de ciento ocho grados cuando la Base Naval, construida a tenor de los Pactos de Madrid (Acuerdos de Amistad Hispano-Norteamericanos firmados en abril de ese mismo año) se materializa tres años después con la llegada de los primeros marines de la Sexta Flota de los Estados Unidos.

Y la impresión nos dejará perplejos, más allá del oficio de la autora por describirnos estos lugares, me gustaría destacar el modo en que contextualiza el momento histórico, recogido la mayoría de las veces de anécdotas que le han ido contando a la autora muchos de los roteños a los que ha podido entrevistar para acercarnos una realidad prácticamente desconocida para la gran mayoría y, en particular, esa extraña convivencia hispano-norteamericana que, aparentemente, dotaba a la localidad de cierta pátina de cosmopolitismo, pero que realmente distaba mucho de lo que nos pretendían hacer ver. Si acaso, la parte más “benévola” del asunto radicó en la economía de la zona, hasta entonces paupérrima (sin diferir gran cosa con la del resto del país), pero que con el trasiego de marines con las billeteras llenas, más el trabajo adicional que se generó en la zona, primero con la construcción de la Base Naval y después con los puestos de trabajo que se crearon, creció exponencialmente.

- Con la «h» de honestidad:

Dice Men Marías que lo que escribes no deja de ser un borrador y que el escritor tiene que seguir puliéndolo, hasta que sienta que lo escrito es justo y le ha hecho daño.

Yo no tengo dudas en que esto ha ocurrido con La última paloma porque, si algo he tenido claro como lectora es que el proceso escritural de esta novela ha debido ser arduo y ese deleite intelectual de escribir trasciende al lector, teniendo en cuenta que la trama es fascinante y sin fisuras, que los personajes son una delicia en su construcción y el escenario una metáfora en sí mismo, porque nunca la Costa de la Luz se nos ofreció de una forma tan oscura y sombría.

Y ese pulimento también es obvio en el estilo de la novela, complejo e innovador en muchos sentidos, con un lenguaje sencillo y a la vez depurado, elaborado cuidadosamente, porque todas las palabras tienen su razón de ser y de estar, están deliciosamente elegidas tanto cuando se persigue una situación intensa como otra distendida, porque la prosa, armónica y precisa, parece actuar como ese mar que baña la costa gaditana, trasladando olas de placentera belleza al lector.

Destaca, sobre todo, la narración coral en primera persona. Sacha y Patria se irán turnando para relatarnos los acontecimientos que se desarrollan en la actualidad, pero cuando nos trasladamos al pasado, tomarán el relevo otros. Entenderemos entonces que la sombra del pasado es alargada, pero también la mejor herramienta para descubrir la propia identidad y dar verosimilitud al presente.

Y mientras, disfrutarás de una novela sublime que cuando llega al desenlace te cogerá prácticamente levitando. Palabrita de yincanera.



Esta reseña participa en la iniciativa:


 






Apartado: Made in Spain

La acción transcurre en un ambiente rural